Ya casi han pasado al recuerdo. Apenas si se ven en nuestra geografía y eso que hasta la era de la revolución de los móviles, las cabinas telefónicas eran tan imprescindibles como la luz, el agua o el pan. Y tanto que se las consideró un servicio universal.
Pero un reciente informe de la Comisión Nacional de la Competencia las acaba de declarar especie en extinción dado que resulta difícil identificar los casos en que esta prestación de servicio podría quedar asegurada en el libre mercado.
Casi con nostalgia, los pertenecientes a las generaciones anteriores a la década de los 80 recordamos las ‘fatigas’ por encontrar esa cabina salvadora que nos permitiera confirmar nuestra llegada sin ningún incidente al lugar de inicio de las vacaciones, la mejoría confirmada por el médico en el hospital, esa cena imprevista, haber aprobado un examen final e ir a celebrarlo con los colegas o hasta haber pasado la prueba para empezar a trabajar, además de avisos urgentes o necrológicas.
Fuera de casa era la única vía para comunicarnos y ¡qué angustia! si no encontrábamos una, o las que encontrábamos no funcionaban… Formaban parte de aquel paisaje de una España que luchaba por modernizarse. Telefónica las hizo suyas, no tenía competencia, como populares se hiceron las ‘matildes’, las acciones de la compañía.
Hablando de ‘matildes’ y el actor José Luis López Vázquez que las hizo populares en los anuncios que solo se veían en Televisión Española, en sus dos y únicos canales que había entonces… Antonio Mercero hizo una premiada película con su nombre, «La cabina», una historia llena de tono subrealista, de absurdo, impotencia e incluso agobio, en la que López Vázquez se quedaba encerrado y no podía salir ante la indiferencia de quienes pasaban a su lado.
Con el tiempo las cabinas telefónicas se fueron adaptando, incluso se tuvo en cuenta su accesibilidad. Unas eran cubículos cerrados por una puerta; luego, abiertas, unas altas y otras más bajas. Estaban en cualquier esquina de las grandes ciudades y hasta los pueblos pequeños tenían una o varias y se podían encontrar en todos los bares, cafeterías o restaurantes, así como en sitios públicos como los hospitales.
Pero el móvil, y la llegada masiva a España de extranjeros con la proliferación de locutorios las ha ido convirtiendo en un servicio prescindible ante su escaso uso. Si en el año 2000 había 108.899 el año pasado se contabilizaron 34.735, mientras el 88% de la población española reconoce que no las utiliza.
Todo ha ido muy deprisa para la cabina de telefónos. No ha sido posible reciclarla o adaptarla a las nuevas necesidades de comunicación, porque éstas las cubrimos con el móvil y las múltiples variedades de enviar mensajes. Es como las felicitaciones de Navidad en que la mayoría opta por el e-mail, mucho más rápido, además de que se puede llegar a muchísima más gente. O hasta los SMS.
Las cabinas se han quedado obsoletas por uso y utilidad, como en su día les ocurrió a las máquinas de escribir, las cámaras de fotografiar con carretes, los walkman o los lectores de cd. Todo ha ido muy rápido, sin apenas dejarnos asimilar los avances para tener que aprender a grandes pasos las nuevas novedades. A las cabinas no se las ha podido dar una nueva utilidad.
Competencia, además, argumenta que el coste de mantener las cabinas telefónicas se ha multiplicado por tres pese a que su uso es residual. Los expertos se han puesto a hacer números con la calculadora. Mantener las cabinas costaba 400.000 euros en 2012 y un año después ya superaba los 1,2 millones de euros. Lamentablemente muchas se han convertido en la diversión de vándalos y gamberros y no resulta extraño encontrar cabinas sin auricular, con el cajetín del dinero arrancado o, directamente, sin el teléfono.
Para añadir más argumentos en favor de su extinción, Competencia recuerda que en Francia ya han dejado de ser servicio universal y que Orange ha empezado a desmantelar las 75.000 existentes en el país.
Igual suerte parece que van a corren las guías telefónicas, asociadas a las cabinas, que también formaban parte de las «bibliotecas» de los hogares. Ahora solo se reciben las ‘páginas amarillas’ y en formato reducido. Yo guardo como oro en paño la última guía telefónica que me regaló Telefónica de usuarios particulares, por calles y números. No podemos olvidar que también los teléfonos fijos han dejado de formar parte del mobiliario del hogar. En la década de los 60, 70, u 80… no estar en la guía de teléfonos era como no existir. Además del juego que daban para investigar el domicilio particular y el teléfono de alguien por quien se tenía un interés especial por trabajo u otras averiguaciones…
Es la era de la tecnología, de los grandes avances, de la comunicación en segundos y a largas distancias cuyos costes cada vez intentan ir a menos y nuevos términos como el roaming… Las cabinas no pueden sobrevivir a los tiempos modernos, aunque tal vez a los británicos, tan amantes de sus cosas y su tradición, tal vez les quede la opción nostálgica de dejarlas plantadas por sus calles. Pero es que aquéllas son mundialmente famosas… las nuestras, ni entre nuestros ciudadanos.
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