“Fundido a rojo” de José Daniel García

05/04/2016

Joaquín Pérez Azaústre.

Fundido a rojo aturde, es un gancho de izquierda a la metáfora rutilante de calle y de voracidad entre los adoquines de la ciudad abolida. Novela ardiente y libre, nocturna de sustratos y tejidos, con los restos sombríos de la fiesta ya despedazada, colgantes desde el borde cada vez más sucio del lavabo de una discoteca en que los cuerpos sudarán su camisa mojada, los personajes asisten a la desolación de una juventud perdida en sus escombros, con treintañeros que al final de la última sustancia de la noche no encontrarán la luz limpia de la mañana, sino el horror de la continuidad.

Entre el sentido del humor y la desolación raspante de esos despertares tras la gran sacudida, Fundido a rojo no se lee, sino que se devora de un trago de ginebra rauda en los preámbulos de una vida exiliada con precocidad, porque las promesas fueron enterradas sin tiempo para haber sido concebidas. Con un indoblegable instinto narrativo, que se impone a la trama y la diluye en el hielo nocturno de cualquier impulso destructivo, José Daniel García nos ofrece un retrato generacional que no se lee –quizá ni siquiera se bebe-, sino que se traga, con esa ansiedad misma de las copas pedidas porque anhelan ser bebidas, porque tiemblan si tocan la angustia en tus manos. Con una recreación impecable de ambientes, desde esa sordidez juvenil y turbia hasta el paisaje interior del barrio periférico que ya ha visto caer a sus gigantes, el doble plano realismo duro/confesión poética –como algunos episodios de Katie y la propia evolución de la plaza, con sus sucesivos dominadores-, dan vigor a la novela, en una complejidad ambiental, pero también íntima, que en algunos pasajes recordará a Kerouac y Ginsberg, pero también al primer Juan Marsé, con ese crecimiento de violencia y lirismo que descree de todas las certezas, porque está en la amargura rota del definitivo desencanto.

Novela generacional que no pretende serlo, porque es el testimonio vital de un descreimiento, ni siquiera la imagen de Superman salvando a un astronauta en Superman IV. En busca de la paz –no en vano, la única de las cintas protagonizadas por Christopher Reeve que se consideró un fracaso sin fisuras, lo que tampoco puede ser casual- logra arrojar un halo azul en los protagonistas, que ven pasar la vida a través de una barra que ya no les devuelve sus sonrisas reflejadas en los charcos del baño, sino una mueca turbia de desastre, saltando un paso más desde el inaugural Descrédito del héroe que escribió Caballero Bonald; y aquí, más que descrédito, hay total hundimiento.

Muy bien estructurada, Fundido a rojo está escrita con solvencia, ambientación y estilo. Los personajes no impostan, sino que hablan, como en el Marsé del Guinardó: porque la parte del barrio tiene fuerza, y la potencia de esta escritura agarra con verdad.

Son noches de droga y sexo, con una ruleta de felaciones, porno y sexo anal que levantarán el cuerpo de la calma y llenarán la almohada de electricidad. Y sobre todo, la estafa a una juventud que no ha hecho negocio de su pérdida, porque se ha ido tragando en carne viva los restos de la ciudad, un escenario que ya no será posible abandonar.

Novela sonora, con el tono original y propio del poeta de nervio fajador que es también José Daniel García, ajustando la letra y la tensión del pálpito, sus conversaciones seguirán resonando luego, con personajes que hablan, que gritan y que escupen, que gimen aún tras el postrero vendaval de la noche, con su orgasmo de pérdida, cuando cierras el libro.

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