Mario Conde y la cultura del espectáculo

15/04/2016

Joaquín Pérez Azaústre.

 

Hablar de Mario Conde es un lugar común. Recordar su peinado engominado con el aire marcial de quien se creía dueño de sus pasos, marcando el ritmo áureo de un destino mayor, más acendrado en la crónica histórica, con su rito social de tránsito entre el vacío y la opulencia del poder necesario. Mario Conde era el personaje en los años noventa, cuando los estudiantes universitarios, preguntados en alguna encuesta tontorrona, preferían parecerse a Mario Conde y denostaban figuras como el Ché. Mario Conde era aquellas regatas con don Juan de Borbón, y también su entierro en el panteón de El Escorial, cuando Carlos de Inglaterra se quedó sorprendido ante el cortejo de guardaespaldas con gafas de sol que rodeaban a aquel desconocido –para él- que avanzaba con aire de firmeza y el mentón bien pegado a la corbata con el nudo doblado.

Ahora, cuando el juez de la Audiencia Nacional Santiago Pedraz ha ordenado su ingreso en prisión por sus tejemanejes para traerse a España nada menos que 13 millones de euros, presuntamente fruto de sus delitos, ocultos, también nada menos que en cinco países, hemos conocido, en palabras del juez, la estructura de la “organización criminal” presidida por Conde. Su hija Alejandra, que supuestamente coordinaba todo el aparato de blanqueo y fraude fiscal; también su hijo Mario contribuyó a “instrumentar la trama defraudatoria”. Ambos hijos son titulares al 50% de la sociedad Black Royal, nutrida por fondos ilícitos. En fin, podríamos seguir hablando de su abogado, pero estamos en lo de siempre. Conocemos la trama y el relato, con ese Mario Conde que el día de los inocentes, aquel 1993, protagonizaba el caso Banesto después de haber brillado con voz propia en el cutre universo de la cultura del pelotazo de los años ochenta y noventa, que era pelotazo criminal amparado por un cierto esteticismo lúdico que tuvo mucho de charol hortera con aliento de estilo, siendo marrullería de postín.

Escribió después un libro que tituló El sistema, para denunciar su pureza moral en un mundo dominado por los poderes fácticos y la putrefacción de sus hilos movidos en silencio. Y los poderes fácticos estaban ahí, pero la putrefacción de sus hilos movidos en silencio era también la misma hediondez ética de su brillo supuesto.

Después, estos últimos años, he visto a Mario Conde de contertulio en programas de actualidad política dando lecciones éticas al personal, y he asistido con asombro nunca suficiente al deslumbramiento que aún proyectaba sobre algunas almas cándidas, o directamente gilipollas. En España hay mucha estupidez, una especie de analfabetismo moral que hace que estas gentes siempre salgan a flote, porque se olvida su bandolerismo, que suele consistir en robar a los pobres para hacerse más rico.

Mario Conde es un lugar común que siempre ha tirado al monte mientras demasiada gente aplaudía sus crímenes a la ética, pero también a la estética. Esto es España, señores, y la alucinante bobería del espectáculo de dejarse robar, y después aplaudirlo.

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