Cuando la IX legislatura agota sus últimos días es el momento de hacer balances.
Un análisis primario apuntaría que ha sido una legislatura fallida ante la incapacidad de los políticos de traducir en mayorías la pluralidad expresada por los españoles en las urnas y por el cerrajón de unos y otros en aferrarse a sus planteamientos y negarse a cualquier concesión que permitiera desencallar la situación.
Ello puede tener su explicación. Los acérrimos defensores de los viejos manuales de política han visto como la irrupción de nuevos actores puede incluso amenazar su propia existencia. El acérrimo enemigo de un PP (cargado de historia y de corrupción) en las urnas es Ciudadanos mientras que la irrupción de Podemos amenaza seriamente el futuro de un PSOE que se dice de izquierdas. En este contexto no es extraño el pacto entre Ciudadanos y socialistas dado que apenas si se disputan una pequeña franja electoral.
Sin embargo en esta corta legislatura han pasado más cosas, unas anecdóticas pero significativas; otras más profundas. En cualquier caso demuestra que lo viejo no se acaba de ir y lo nuevo no acaba de imponerse.
Si recuerdan el primer golpe mediático tras constituirse el Congreso fue el diputado de Podemos Alberto Rodríguez con sus rastas para escándalo de algunos representantes de la clase política de siempre. Además la indumentaria de muchos advenedizos contrataba con la ropa de marca que lucen muchas señorías para acercarse a la forma de vestir del común de los mortales.
También cabe recordar la presencia de un bebé en el hemiciclo, el hijo de Carolina Bescana, que removió las tripas a no pocos diputados insensibles a los problemas de conciliación familiar, o el beso de Pablo Iglesias a Xavier Domenech tras una intervención de este último.
En esta legislatura han cambiado las formas, pero si profundizamos un poco más podemos ver que no han sido solo las formas. El Congreso está instalado en Madrid pero no es Madrid y en España –y por lo tanto en esta Cámara- hay lenguas cooficiales. Hasta ahora cualquier intento de utilizarlas era reprimido por el presidente de turno en cambio fue Patxi López no sólo el permitir a los diputados el uso de estas lenguas sino que fue el mismo quien en una ocasión utilizó el euskera.
La dureza de muchos debates ha servido para aparcar aquel anacronismo que llaman cortesía parlamentaria y algunos debates recordaron la virulencia del parlamento republicano. En política las formas también son muy importantes y precisamente es en época de cambios cuando la dictadura de lo políticamente correcto se empieza a quebrar. En cambio lo que sigue teniendo plena vigencia es el gallinero que se convierte el hemiciclo ante según que intervenciones.
En los cuatro meses de legislatura han pasado cosas y posiblemente algunas tendrán un largo recorrido. Quizás esta legislatura no haya sido tan estéril por el hecho de que no se haya podido formar gobierno pero, en cambio, puede haber puesto los cimientos para otra manera de hacer política, mucho más cercana a los ciudadanos.
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