La unidad de la izquierda

06/05/2016

Joaquín Pérez Azaústre.

La unidad de la izquierda siempre ha sido un sueño nebuloso, una especie de planteamiento utópico que quizá sea el último rescoldo de la España ilustrada que no pudo ser. Desde el desembarco de Torrijos en las costas de Málaga para ser fusilado sin juicio previo y por mandato directo de Fernando VII, España no ha levantado la cabeza de la modernidad, de esa especie de altruismo ideológico que consiste en la civilización socializadora de un pensamiento.

Tras la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis se produjo la final devastación, la solución final de un sueño ilustrado para España; desde entonces, todo fue levantar el liberalismo de su cárcel ajada de cenizas, como el albatros que soñó Baudelaire trata de izar su vuelo desde el fango, pero sin alas ya y con la ponzoña cubriéndole los ojos de miedo y podredumbre.

Así hasta la Segunda República, que es ajustar la Historia al hilo del artículo, con un Frente Popular que tampoco logró su cometido, porque no le dejaron, entre la guerra interna de los españoles, cortándose los cuellos entre hermanos, y la guerra soviética por hacerse con los mandos definitivos del Gobierno de la República. Desde entonces, la única unidad de la izquierda que hemos vivido aquí ha sido la victoria del PSOE en 1982, ya como cierre de una espiral histórica que hizo llorar a viejas militantes y borró la sangre de las plazas, convirtiendo el coágulo en la luz que se fue reabsorbiendo por la nueva democratización del Estado.

Con la irrupción de Podemos y sus tiras y aflojas con IU, la idea de una nueva unión de izquierdas en España se fue forjando lentamente sobre el aire de espuma de los brindis y cañas. Había ganas de izquierda después de estos cuatro años del Partido Popular, que ha terminado de arrojar el deseo de un partido conservador europeo y moderno a la escombrera de la realidad. Tras menguar en gran parte la sociedad del bienestar, sólo la unión de las fuerzas progresistas –prácticamente todos los partidos fuera del PP- podía restablecer una nueva franja de esperanza viva.

Pero claro, nos llegaron también los lugares comunes de la izquierda, el topicazo del zancadilleo político, el estigma brutal de esa pureza que se exige al adversario –compañero, en este caso, o al menos así debería haberse enfocado-, como si solamente una de las partes pudiera exigir certificados de pureza ideológica. Y aquí herraron muchos: es tan extrema la derecha en España, ha llegado a ser, esta legislatura, tan antisistema, que las pequeñas divergencias dentro de la izquierda son eso, pequeñas, al lado de la unión que debía haber generado un fantasma histórico tan potente como destructor de nuestras garantías de Derecho. Es mucho más lo que une a todos los partidos, incluso a Ciudadanos, que lo que los separa, comparados con esa compañía siniestra de favores, sobres, especulación, licencias y amnistías fiscales de este PP.

Algún día podremos tener una derecha centrada en España, aunque quizá nosotros no lo veamos nunca y haga falta décadas para depurar lo que es hoy, en gran parte de España, el Partido Popular. Mientras tanto, cada vez que la izquierda exhibe sus debates intelectuales sobre el pedigrí de su argumentación, como si la política fuera un concurso de pureza intelectual, la ciudadanía se va quedando cada vez más huérfana, vacía y sin horizontes de tensión democrática, que es como viene estando, sin actores sociales, desde las épicas Cortes de Cádiz. El Derecho se ejerce mediante la representación, y los ciudadanos necesitan actores que interpreten en la sal de la tierra.

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