Un Papa igualitario

13/05/2016

Maite Vázquez del Río.

El Papa Francisco sigue sorprendiendo y sobre todo haciendo tambalear los pilares de una Iglesia anclada en las ya más que «viejas» escrituras. Ahora está dispuesto a que las mujeres tengan mayor protagonismo y permite que se estudie si es posible que casen, consagren, bauticen u oficien funerales. Serán diáconas «permanentes» con «derechos» similares a los que ya tienen algunos diáconos.

El camino del Pontífice no es de vino y rosas. Con tantos casos acosando por supuestos abusos a menores, con filtraciones traicioneras, y gobernando un Estado diminuto pero de los más ricos en dinero y fe… Francisco I desde su llegada al Vaticano no ha parado de abrir puertas para modernizar una religión que se movía a base de inmovilismo, con declaraciones que parecen rasgar hasta las santas y rancias escrituras.

Consciente de la necesidad de modernizarse, de ofrecer realmente cobijo a los necesitados, de dar respuesta a los que en otro tiempo fueron hijos descarriados por sus tendencias sexuales, o decisiones sobre la vida que solo correspondían al mismísimo Dios, el Papa sigue descerrajando puertas clausuradas por siglos y siglos de creencias en las que no había sitio para las mujeres.

Por más que algunos defendamos la igualdad, en la Iglesia católica, apostólica y romana queda muchísimo camino por desandar y andar. Quien piense que alguna vez habrá una Papisa será un iluso. Hay que ser realistas muy pocas mujeres han desempeñado un papel relevante en un ámbito dedicado únicamente a los hombres. La misma historia así nos lo ha dejado ver. Jesucristo tuvo doce apóstoles, ninguno de ellos fue mujer, pese a la presencia de su madre o María Magdalena.

Sobran dedos de una mano para contar las mujeres que han dejado huella en el catolicismo. En primer lugar, para la historia de la Iglesia quedó la labor de Teresa de Jesún, santa y doctora de la Iglesia, madre fundadora, escritora. La primera doctora de la Iglesia, un título que sólo comparte con otras tres mujeres: Catalina de Siena, Teresita de Lisieux e Hldegarda de Bingen. Cabe recordar que la Iglesia tiene reconocidos 34 «doctores» y, por tanto, solo cuatro son mujeres.

Pero el Papa lleva años decidido. Ha reconocido que entre las tareas pendientes se encuentra establecer «una teología de la mujer» en la Iglesia y darles un papel más activo. Al Papa ya no le vale que la mujer se limite a la lectura en las misas, que haya mujeres monaguillo, o que llegue a ser la presidenta de Cáritas.

El Pontífice también ha lamentado en alguna ocasión que se confunda el «servicio» con la «servidumbre» de la mujer en la Iglesia, porque se las tiene para limpiar y atender el cuidado de la Iglesia . Y se congratula cuando comprueba que instituciones como la Comisión de Teología Internacional ve aumentar el número de mujeres que la componen.

En definitiva, Francisco I cree que se debe ofrecer espacios a la mujer en la vida de la Iglesia y, además, «con urgencia»: «La Iglesia es mujer», en femenino. De prosperar sus tesis, la Iglesia va a necesitar muchas mujeres implicadas en la responsabilidad pastoral, en el acompañamiento espiritual a personas, familias y grupos, además de en la reflexión teológica.

Parece que la igualdad llegará, aunque hay que ser realistas, nunca será de igual a igual. Pero los derechos deben existir para quienes quieran hacer uso de ellos.

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