España se va al carajo

13/06/2016

Carmela Díaz.

FL COLA

He visto cosas que vosotros no creeríais: hordas de adolescentes inflamados de admiración más allá de la caseta 330 de la Feria del Libro. He visto pupilas infantiles chispear al atardecer en el corazón del Retiro madrileño. He visto hileras de jovenzuelos emitir aullidos placenteros frente a un tatuaje andante. He visto a las quinceañeras zapatear acompasadas por una mirada fugaz. He visto a la chiquillería conmocionada por la captura de una rúbrica. Todos esos momentos no se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia: perdurarán de aquí a la eternidad. A golpe de selfie.

Es hora de asumir que la España que alguna vez conocimos se va al carajo. O que el mayor problema de nuestro país es la estupidez supina. O, sencillamente, que los atontados somos nosotros, aquellos pánfilos que somos incapaces de comprender el valor de sentencias tan aleccionadoras y contundentes como «olimpopollas y pollas unidas, jamás serán vencidas».  Son las genialidades que los Youtubers lanzan en sus canales ante millones de seguidores rendidos a su ingenio, agudeza y perspicacia.

Carmela Díaz

Carmela Díaz

Los nuevos ídolos de masas. Los que rezuman duende. Los que sublevan multitudes que los reverencian allá donde pisan. Los culpables de las mayores aglomeraciones en la Feria del Libro capitalina. Los que provocan suspiros, rapapolvos paternos, hipos nerviosos, y hasta taquicardias y furores uterinos de las adolescentes, como antaño conseguía el cuarteto de Liverpool que revolucionó la industria de la música. Los que han generado polémica entre los puristas: ¿pero esto es el encuentro literario más representativo de España o la feria de las vanidades virtuales?

Muchos sentencian que el noble arte de escribir está obsoleto. Que los contenidos efímeros y la frivolidad ganaron la partida a la esencia de las letras. A las historias con alma.  Unos pocos, sin embargo, observan este fenómeno con la esperanza de fidelizar futuros lectores, de captar nuevos aficionados a los libros. Aunque sea de obras ligeras, sin profundidad, meollo sesudo ni apenas letras. Pero, ¿qué más da? Al fin y al cabo, el negocio editorial necesita ventas que generen negocio. De buena literatura están los almacenes llenos, los bolsillos del autor vacíos y las cuentas de resultados de las editoriales, famélicas. 

Otros tantos reflexionamos sobre la exhibición de poderío cibernético que hemos presenciado. Un desfile insólito en el que las estrellas de la red reventaban el aforo dejando en segundo plano a maestros escribanos, a literatos premiados y a columnistas aclamados. He visto a un tal Wismichu firmar cómics bajo palio, cual emperador contemporáneo, mientras Muñoz Molina recibía lectores en una humilde caseta. He observado a la organización repartir miles de turnos numerados para que un tal Germán estampase saludos en su obra #Chupaelperro; entretanto, Vilas Mata, Almudena Grandes o los talentosos 88 años de Sánchez Ferlosio contemplaban flemáticos el espectáculo (con bastantes menos incondicionales a su vera).

Vaya desde aquí mi profunda admiración hacia los que saben agitar el interés de las turbas sedientas de idolatrar el vacío.

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