La UEFA ya ha perdido esta Eurocopa, como la misma Europa en su dibujo del mapa fragmentado a garrotazos. Tenemos una competición deportiva continental, dos aficiones que la han convertido en una guerra y una UEFA meliflua, con sus manos porcinas de apretón sudoroso, incapaz de expulsar a sus dos selecciones. Ya sabemos que esto no es deporte, ni siquiera geoestrategia, sino la más ramplona y burda economía: tanto Rusia como Reino Unido son potencias demasiado poderosas, y aquí la implicación ha salido del césped, aunque no sólo en forma de reguero sangriento. Asistir a este espectáculo, con los asesinos rusos campando marcialmente por las calles de Lille y de Marsella, entrenados y gélidos, con esa disciplina militar con iconografía disparatada, entre hitleriana y nostálgica de la URSS, con pasamontañas o gorras de camuflaje y pantalones cortos, pero sin una sola birra recorriendo sus arterias entrenadas, ocupando aceras y plazas, acorralando a grupos de ingleses borrachuzos, o de ingleses a secas, y emboscarlos en la mayor paliza de sus vidas, es una vergüenza.
Todo lo que no sea expulsar a las dos selecciones será perder el tiempo. Esto lo saben los directivos de la UEFA, pero están en otra cosa, que ya estará la policía gala para detener los escuadrones rusos de la muerte –cerebral, por ahora, de un aficionado inglés, con cientos de heridos de gravedad-, mientras son alentados por algunos políticos de su propio país que no ven nada malo en que las aficiones se machaquen entre sí, porque el pueblo ruso debe defenderse de cualquier agresión. Ya sabemos que los hooligans son una pandilla numerosa de descerebrados cíclicos, generación tras generación, pero en continua degeneración, especialistas en beberse hasta el agua de los setos de la Plaza Mayor o su propio meado, después de haber vaciado todos los barriles de cerveza de La Latina y Chamberí juntas, cada vez que aparecen por Madrid; son violentos, sí, y también pendencieros, un peligro activo para la convivencia de la gente que anda por allí y se cruza en mitad de sus cánticos ebrios y de su insolación bufona. Pero lo que hemos visto de los rusos, y lo que vamos descubriendo hora tras hora, es otra realidad: verdaderos comandos que han sido seleccionados en una especie de competición interna antes de salir a Francia. Ellos no beben, no pierden el control, mayoritariamente van armados y listos para destruir y matar, como están haciendo.
Europa no puede ser esto. Una sanción económica, aunque sea de 100.000 euros, los hinchas se la pasan por su cabeza rapada reluciente. ¿Dónde les dolería, a ellos y a sus compatriotas? En la expulsión directa, inapelable e inminente, de su selección. Y después, cuando regresen eufóricos a la Madre Rusia, que expliquen ellos qué heroicas actuaciones urbanas contra ingleses borrachos ha costado la eliminación del equipo nacional. Pero claro, la UEFA no se atreve como Europa, en general, no se atreve con nada fuera de sus marcos económicos, porque esta Unión es sólo monetaria, y no moral.
Qué mierda de UEFA, qué mierda de Europa hemos construido. Ni ética ni principios, y legiones de gentes que utilizan la nobleza del deporte, de la competición legítima entre iguales sobre la piel curtida del esfuerzo, para escenificar una guerra, el infierno sonoro, la hemorragia y la muerte de una guerra. Si ni siquiera la competición es ya un modelo de civismo europeo, y sus autoridades no saben ganarse el respeto de toda esta manada de carroña, que ya hemos conocido y padecido antes, definitivamente Europa está condenada, en su eterno retorno a todo su pasado de cenizas.
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