Estados Unidos es un gran país

08/07/2016

Joaquín Pérez Azaústre.

Estados Unidos es un gran país especialmente si eres rubio y tienes los ojos azules. Entonces ya es un país cojonudo, si posees la mirada rubia y diamantina de Robert Redford haciendo de Jay Gatsby, igual que Alan Ladd treinta años antes y Leonardo DiCaprio treinta años después. El sueño americano se contempla en los ojos azules de Steve Rogers, el Capitán América, con la bandera de barras y estrellas sobre su uniforme de combate, sobre su mismo escudo indestructible de adamantium, como una defensa planetaria del sueño americano. Alguien dirá que uno de sus compañeros, El Halcón, es negro tizón; pero no olvidemos que el personaje, The Falcon, irrumpe en la serie del Capitán en plenos años sesenta, en el corazón mismo, brioso y dilatado, de aquella lucha por los derechos civiles, con Luther King al frente, cuando el propio Steve Rogers duda de su Gobierno y renuncia a seguir llevando la bandera en el uniforme –no nos representan, dijo entonces, lo que sigue estando vigente, en los USA y aquí- y se convirtió en El Nómada, más en el concepto de la época. Pero a pesar de la poesía de Emerson, de Walt Whitman, de Emily Dickinson y también de Scott Fitzgerald en ese foco verde proyectado al otro lado del muelle, los Estados Unidos también son el eterno país del Klu Klux Clan, que reaparece de vez en cuando en las noticias, casi siempre con negros solitarios, jóvenes a menudo, reducidos entre cuatro o cinco policías blancos fortachones, matándolos a golpes o pegándoles el cañón de una pistola al pecho.

La actualidad, estos días oscuros –cuándo no lo son, últimamente-, es la carnaza hirviente sobre los titulares, con manifestaciones y protestas en toda Norteamérica por la muerte –el asesinato, directamente, si han visto las imágenes- de Philando Castile, en Minnesota, y Alton Sterling, en Luisiana. Dos ciudadanos, con una particularidad racial: los dos eran negros; o afroamericanos, si preferimos el registro étnico, o de color, si lo que pretendemos es vaciar el lenguaje y rellenarlo con cursilería. Negros. Negro. Una palabra tan limpia o tan sucia como blanco, moreno, amarillo, rubio, pelirrojo, macilento, y azul, si se tercia. Una palabra y dos hombres tiroteados, como murió hace dos años Michael Brown, un chico desarmado de 18 años, abatido por un policía blanco.

No es que haga falta ser un lince, pero el propio Mark Dayton, gobernador de Minnesota, ha reconocido sentir que el caso de Castile  “habría acabado de otra forma si hubiera sido blanco”. Castile tenía 32 años. Detuvieron su coche por tener roto un faro trasero. Entonces le apuntaron, pero su novia estaba allí para grabarlo. También a Alton Sterling le dispararon dos agentes, cuando ya estaba inmovilizado. Sí, hay un conflicto.

Ahora, cinco policías blancos han sido tiroteados en Dallas esta misma noche por francotiradores, mientras un sospechoso se atrinchera en el Centro College, de Formación Profesional, amenazando con detonar varias bombas contra los oficiales. Rápidamente, como siempre, Barack Obama ha condenado el ataque desde Varsovia: “Ha sido un ataque atroz, calculado y despreciable contra agentes de seguridad. La inmensa mayoría hace un buen trabajo”. Claro. Pero cuidado con las inmensas minorías.

Era cuestión de tiempo que algunas manos se volvieran más rápidas que las palabras. Qué esperaban, en serio, con una comunidad siendo asesinada como un goteo continuo en la televisión, en aceras oscuras, con los cuerpos inertes. Ahora todo el mundo se lleva las manos a la cabeza porque es alarmante que se haya disparado a cinco policías, pero habría que ser negro en Minnesota o Luisiana para entender este peso de impotencia heredada, su presunción de culpabilidad, el aliento a racismo en sus cogotes.

Dice Obama: “Hemos visto tragedias como esta demasiadas veces. No es solo un problema negro. No es solo un problema hispano. Es un problema americano, y a todos debería preocuparnos”. El problema no es sólo que algunos, además de preocuparse, hayan desenterrado la épica bíblica del viejo far west, con su diente por diente y John Wayne y Clint Eastwood como iconos ya no sólo blancos, porque ante tanto crimen policial, si estás muy desesperado, la venganza puede parecer, erróneamente, el camino más corto; el problema también es económico. El problema es este racismo tan estructural, a pesar de su maquillaje NBA y de algún actor celebrado puntualmente, como si hubiera que rendir una cuota de tolerancia y aceptación con algunos negros mediáticos, sí, pero con la osamenta intacta bajo el tejido muscular de EE.UU., racista y clasista. El problema es una franja social muy oprimida, acosada y exhausta, con datos alarmantes sobre la exclusión civil, sanitaria y laboral de las ciudadanías hispana y negra y una brecha social gigantesca, que se sigue ensanchando y está empezando a romperse, como una grieta escrita con palabras de sangre.

¿Te ha parecido interesante?

(+3 puntos, 3 votos)

Cargando...

Aviso Legal
Esta es la opinión de los internautas, no de diarioabierto.es
No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.
Su direcciónn de e-mail no será publicada ni usada con fines publicitarios.