En las alcantarillas de la noche, no también sigue significando no. No significa no: ayer y siempre. Ni es tal vez, ni es quizá. Es un adverbio totalizador, sin condición de tiempo: se instala en un ahora que es la eternidad, que no tiene pasado ni futuro. No es no. Lo que venga mañana, ya no importa. Lo que sucedió ayer, tampoco. No significa no en este preciso momento, que se levanta sobre la realidad y la anega de un magma petrolífero, como un mar enlodado, o de una luminosa claridad. No es no, te parezca lo que te parezca, eso da igual, porque la decisión no es tuya, la potestad no es tuya, ni te pertenece ese ámbito de libertad, esa disposición sobre un cuerpo que no es el tuyo, aunque lo hayas tocado, aunque te haya gustado, aunque hayas creído que llegarías más lejos, te hayas tomado dos o tres docenas de gin-tonics. Da lo mismo. De vuelta a casa chico, porque esta noche, y la de mañana y la de ayer, no significa, rotundamente, no.
Es evidente que la noche puede tener sus códigos. Estamos en el piso, te has sentado en el sofá. Tomamos la última copa, porque ya hemos cerrado el resto de los bares. Entonces pongo música. Y me siento contigo. Puedo pasar el brazo encima de tus hombros, y puede parecerte bien. Puedes sonreír incluso; pero en cualquier momento, como una palabra mágica, un resorte incontestable y único, que no requiere ninguna explicación, puedes decir: no. Es un derecho implícito en la vida, en nuestra vida al menos, tal y como la entendemos: que nadie pueda obligarte a hacer lo que no quieres mediante la fuerza. Si entablamos una conversación, en un tira y afloja mientras nos acabamos los roncitos que endulzarán esa aspereza súbita de la noche, entonces cabe un margen amplio: el de la conversación, porque entre palabras anda el juego, y yo te propongo, o te incito, o tú me propones, o me incitas, porque en la seducción los sujetos activos y pasivos pueden intercambiarse, y lo hacen; pero la diferencia física, abismal, es que cuando un hombre dice no, el tema acaba ahí; pero si es una mujer la que se niega, siempre puede surgir ese resto de criminalidad que parece inherente a cierto ser masculino: pero cómo que no, no te resistas, si lo levas pidiendo a gritos toda la noche.
En varios blogs de Internet puede rastrearse cómo varios gurús del ligoteo afirman lo contrario, que no significa insiste, que hay que seguir adelante, te respondan lo que te respondan, y consumar el deseo, porque para eso eres el hombre. Pues bien: lo que se consuma es un delito tipificado en el Código Penal. Todo lo que está, y seguirá, ocurriendo en estos Sanfermines, todas las violaciones grupales de estas pobres chicas, es una salvajada que parece creciente. Tanto en este caso, una muchacha que vuelve tan tranquila de una fiesta, como si te ves de pronto dentro del ascensor con alguien, sea donde sea, en el trabajo o en mitad de la noche o de la borrachera, no es no. Siempre. De poco sirven las campañas de sensibilización si no entendemos esto: que llevar la falta corta, regresar a sola a casa o aceptar una invitación, en nada significa una renuncia a la libertad individual; entre otras cosas, para decir no. Y esto tenemos que denunciarlo, que gritarlo, los hombres. En la fiebre o en cualquier portal, en el deseo o el barro, a la luz del día o en las alcantarillas, no solamente significa no.
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