El obrero de la libertad

29/10/2010

Maite Vázquez del Río.

Decir Marcelino Camacho es hablar casi del último siglo de España. Entre los cientos de nombres de presos políticos que cubren la tapia donde ahora la antigua cárcel de Carabanchel es un solar, muy pronto se distingue el de Marcelino Camacho, un hombre de izquierdas y sindicalista hasta la médula, cuya vida dedicó a defender los derechos de los trabajadores.

Con este objetivo militó en el PCE desde los 17 años y fundó, tras su paso por la cárcel tras la contienda política, Comisiones Obreras (CCOO), su legado más preciado. Sin él no se puede entender la historia más reciente de España, la de las libertades. Él fue un obrero de la libertad, desde la clandestinidad, desde el centro penitenciario, desde las tribunas, en las fábricas, en las calles…

Hablar con él era sumergirse en aquella época de lucha sin cuartel, de esquinazos a las Fuerzas de Seguridad de entonces y reuniones en las que diseñar el futuro. Cada episodio de su vida era una primera página de la historia reciente de España. Por suerte, ahí queda su libro de memorias «Confieso que he luchado»,  donde desmenuza todas sus correrías en pro de la libertad.

En estos momentos de despedida de un gran hombre, acompañado en todo momento por su inseparable Josefina, el salón de CCOO de Madrid está viendo desfilar a trabajadores, políticos de todos los signos, sindicalistas, el presidente del Gobierno, el Príncipe de Asturias… amigos del alma, y amigos en algún momento contrariados… porque desaparece uno de los pocos elegidos para ser clave en la historia de la transición, pese a sus ideas comunistas, republicanas…

Puesto en libertad definitiva por el Rey, al asumir la Jefatura del Estado, Marcelino dejó atrás, su casa de padre ferroviaro, los años de cárcel tras la contienda civil, de exilio, su trabajo como fresador, sus nuevos años de reclusión… Y se puso a sembrar sus ideas de libertad. Junto con Nicolás Redondo asentó la libertad sindical que hoy conocemos y transformó en normal lo que hasta 1975 suponían aires de rebelión: los derechos laborales.

Y en esa normalida democrática, fue el primero en convocar una huelga general  (a Felipe González en 1985) y cumplidos los 65 años en dejar en manos de un joven Antonio Gutiérrez la dirección del sindicato, que a día de hoy, por número de delegados y afliados es la primera central sindical del país.

¡¡¡Ce, Ce, O, O, sindicato trabajador!!!!, gritaba con el puño en alto en los momentos más difíciles que atravesó la organización, un grito que combinaba en todos los «primeros de mayo» desde que se celebran en España junto con La Internacional. No faltó a ninguno, con sus inconfudibles jerseys de lana que Josefina le tejía. En ellos disfrutaba como un niño, una vez retirado de la vida sindical. A él se acercaban todos para dar un abrazo al entrañable Marcelino, quien siempre devolvía una sonrisa amable y una mirada inquieta de niño.

Muchos tuvimos la fortuna de compartir horas de sus relatos interminables, de entrevistas de tres o cuatro horas donde Marcelino revivía, como si se tratara de la primera vez, cualquier episodio de su vida irrepetible.

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