Para Salva Caraballo Polo
José Manuel Calderón es un comandante de campo emocional. Cuando hace un par de semanas la selección española de baloncesto ganó a la australiana la medalla de bronce –un bronce que sabía a plata líquida, dispersa por el aire del pabellón carioca, como una sombra aviesa de Dalí-, Calderón lloró, dejó escapar su último semblante como base de este equipo poético. Para los que amamos el baloncesto y estamos hasta la retina de la dictadura del fútbol en las televisiones sin espíritu, lo que hemos disfrutado los últimos diecisiete años con este grupo de jugadores es algo inenarrable, una especie de Odisea sin regreso a casa, porque el viaje es la pulpa caliente del hogar. Los hemos visto crecer desde que ganaron el Mundial junior del 99 –al que no pudo asistir Calderón, por lesión-, y hemos comprobado cómo la mayoría de ellos llegaban a la NBA, bien para triunfar, bien para dar testimonio de que los jugadores españoles podían competir con los mejores del mundo. Así, para el aficionado castigado por lustros de desencantos a lo Panero, de pronto un nuevo grupo de chavales nos ha acostumbrado a no bajarnos del oro, a asentarnos en esa plata sideral o sudar bien el bronce. Conocemos sus nombres, y también la tensión de ese relato colectivo de lances sobre el juego brumoso. Dentro de muy poco todos serán leyenda, pero no a la manera de artificio que pretenden gentes como Florentino Pérez, pagando la épica y escribiendo la oda en la pretemporada, con presentaciones fastuosas, sino a golpe de gancho, defendiendo la zona, cerrando el rebote y despegando como un muro de carne con un tatuaje visionario.
Dentro de esta edad del baloncesto, hemos tenido a varios bases estupendos: Raúl López, Carlos Cabezas o Ricky Rubio. Pero el más constante, el de más dilatada y humana presencia, dando corazón al sentido del juego, ha sido José Manuel Calderón, que a sus 35 años acaba de dar por finalizada su etapa en la selección. Recuerdo cuando pensó que su tiro no era lo bastante bueno y se pasó un verano practicando, en sesiones diarias, con el mismo especialista personalizado que entrenó a Michael Jordan: después de una semana, llegaron a la conclusión de que su codo derecho se salía demasiado hacia fuera justo en el instante de la suspensión, y le obligó a cerrarlo. Resultado: su porcentaje en el tiro de tres se disparó y se convirtió en uno de los mejores triplistas de su equipo, los Toronto Raptors por entonces, y también de una liga en la que ya triunfaba Pau Gasol. Cuando regresó a la selección, fue un francotirador en el ataque.
Pero José Manuel Calderón ha representado mucho más: el gesto sentido, una cara de amigo, una sonrisa tierna bajo esa fortaleza espigada y esbelta que desplegaba al dirigir el juego. Si Raúl López pareció un cruce entre Corbalán y John Stockton, José Manuel Calderón, Calde, ha sido su propia categoría: un hacedor de sueños, el hombre que tomaba la responsabilidad cuando ya parecía perdida, la visión erizada con la profundidad de campo, tanto en contrataque como en ataque estático, como si él pudiera ver no ya mucho más lejos, sino mucho más hondo, entre la red de brazos. Pero se va.
Se despide cuando quizá le queden dos o tres años de buen nivel, ya con Sergio Rodríguez enarbolando la titularidad. Lo ha sido todo: es un hombre joven para la vida y todavía le queda disfrutar el crepúsculo de su baloncesto. En estos tiempos perversos, mientras acumulábamos veranos, verlo dar asistencias y marcar nos ha hecho felices.
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