Penne sauce tomate, penne gratinées y lasagne. Es el particular humor de Charlie Hebdo con la población italiana de Amatrice, donde el 24 de agosto murieron 294 personas por el terremoto que agrietó el verano, que cubrió de sal la herida abierta de un temblor en la piel. La viñeta de Charlie Hebdo es divertidísima: aparece una pareja ensangrentada, con las mejillas y las narices amoratadas, los ojos inyectados por venas en relieve, los brazos vendados y las manchas de coágulos sobre las camisetas blancas: encima de uno de ellos, se lee Penne sauce tomate. La sauce tomate, la salsa de tomate, claro, es la sangre; encima de ella, Penne gratinées, gratinada, claro también, porque alguno de ellos se ha quemado vivo. El mejor dibujo es el tercero, Lasagne, en el que pueden verse las capas de pasta rellena de carne picada, sí; pero carne humana, porque lo que se ven son cadáveres, brazos y piernas entre oleadas de bechamel. Todo muy divertido, todo muy libertad de expresión, todo muy Yo también soy Charlie Hebdo.
Y ojo: si alguien se indigna con esto, es que no tiene sentido del humor, ni negro ni blanco, como si no fuera para troncharse de risa el dibujo de las víctimas enterradas entre escombros de lasagne. Una genialidad que no ha apreciado Sergio Pirozzi, el alcalde de Amatrice, que no ha enterrado todavía suficientes cuerpos y ahora tiene que verlos dentro de las viñetas, entre salsa de tomate y finas capas de pasta amortajada. “Pero cómo es posible que se haga una viñeta sobre los muertos. Estoy seguro que esta sátira desagradable y vergonzosa no responde al verdadero sentimiento de los franceses. Bienvenida es la ironía, pero sobre las desgracias y sobre los muertos no se hace sátira”. Ay, Pirozzi, que no te has enterado de la posmodernidad. Es que la diversión es esto. La subversión, la transgresión y la revolución, era esto. Escribir “Terremoto a la italiana: penne con salsa de tomate, penne gratinados y lasaña”, y sonreír bobamente al graderío.
“No fue Charlie Hebdo quien construyó vuestras casas, ¡fue la mafia!”, dice otra viñeta del semanario, con una mujer despedazada bajo los cascotes de varios edificios derrumbados. Como ha recordado Vanna Iori, diputada del Partido Demócrata italiano, “El mundo entero se ha levantado en defensa de Charlie Hebdo cuando el semanario satírico francés fue víctima del atentado terrorista cometido por el Estado Islámico. Con la misma firmeza, hoy, debemos condenar la viñeta que ironiza sobre el terremoto que ha devastado el centro de Italia”. Sí, pero con matices. El mundo occidental se levantó en defensa de Charlie, pero no todos dijimos “Je suis Charlie”. Nunca compartí el valor de ofender a una confesión religiosa. Me sumé a la condena, sí, pero escribí acerca de la gratuidad, de la innecesaria provocación al sentimiento íntimo de todo un colectivo.
He conocido gentes así, adolescentes de 40 años que no han salido aún del Colegio Mayor, con sus peroratas sobre la provocación como el mayor ejercicio de libertad de expresión. Condené los atentados del integrismo islámico, pero Charlie no tenía la razón absoluta; porque más allá de los límites jurídicos de todo derecho, incluida la libertad de expresión –entre ellos, el derecho a la intimidad y al honor-, cabría preguntarse qué causa han ganado con todo esto, más allá de remover la salsa de tomate dentro de las venas de las víctimas. Leña al moro y al spaghetti, pero claro: no se atrevieron a usar el mismo humor tras el atentado en Niza. Mientras, luto y vida se mezclan en Amatrice fuera de la viñeta.
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