Por quinto año consecutivo centenares de miles de catalanes salieron pacíficamente a la calle demostrando su malestar por el trato que reciben de los diferentes gobiernos españoles y reivindicando decidir en las urnas el futuro de su comunidad.
Las causas de este malestar están perfectamente analizadas. empezando por el hecho que los catalanes tienen un Estatut que no ha votado nadie hasta la incongruencia jurídica de lo que es legal en muchas comunidades el Constitucional lo declaró fuera de ley para Catalunya. Claro que esta sacralizada Constitución del 78 sólo la pudieron votar –en circunstancias muy diferentes a las actuales- los españoles que ahora tienen más de 54 años y en el actual impasse político se demuestra que se hizo para un tiempo concreto y en unas circunstancias determinadas y que actualmente necesita urgentemente una profunda reforma.
Pero quienes se aferran a su contenido –cuando les conviene- para desautorizar las pretensiones de un sector significativo de los catalanes harían bien en medir sus palabras, aunque se pronuncien en campaña electoral. Preferir –como aseguró en el País Vasco- el ministro de Exteriores los atentados terroristas a la pacífica reivindicación de los catalanes son palabras mayores (uno recuerda la afirmación de Aznar en plena época de atentados de ETA cuando señalaba que “sin violencia, en democracia se puede plantear todo”).
Las pretensiones de muchos catalanes pueden ser discutibles, como todo en el mundo, pero tacharlas de terroristas, antisistema o incluso compararlas con los yihadistas, entre otras lindezas , es para hacérselo mirar.
Entretanto acusan a los dirigentes catalanes de dividir la sociedad cuando han sido ellos, especialmente el PP y Ciudadanos, los que han creado problemas donde no los había, como el decreto del bilingüismo que funcionaba a satisfacción de todos. Pero Albert Rivera se empeñó en buscar familias que denunciaran el sistema –con el respaldo de los populares- y apenas si encontró unas docenas con las que articuló su discurso generalista.
Incluso acusan al presidente de la Generalitat con no ser el presidente de todos, como si Rajoy o Rodríguez Zapatero lo hubieran sido.
El problema de entendimiento de Catalunya con España existe y es evidente que algunos prefieren esconder la cabeza como los avestruces o radicalizar el conflicto en vez de afrontarlo como el problema político que es: que muchos catalanes se sienten incómodos en una España que considera que los maltrata.
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