Las elecciones del pasado domingo han dado los resultados previsibles. Galicia sigue siendo la Baviera española como la definió Fraga y el País Vasco feudo del PNV. La fidelidad de voto de los ciudadanos es bastante elevada tanto en estas comunidades como en el resto del país.
El gran terremoto electoral que se ha producido en los últimos tiempos es el derivado de las movilizaciones del 11-M donde surgieron nuevas fuerzas que enterraron el bipartidismo imperfecto que, como en tiempos de Cánovas y Sagasta en el siglo XIX, los dos principales partidos se alternaban en el poder.
Esto parece que se acabó y el país ahora tiene cartas para matizar más un voto que en el caso de Podemos –quizás más gracias a sus confluencias- parece que tiene un botín sólido pese a sus peleas internas. Ciudadanos tiene más interrogantes de futuro y la formación nacionalista española puede ser flor de un día.
En cualquier caso el mapa político español es el que es. De las elecciones de diciembre del pasado año, pasando por las de junio parece que el mapa electoral se ha estabilizado y el mandato de los ciudadanos a los políticos para que dialoguen con el fin de consolidar mayorías parece que no ha calado en los dirigentes de los principales partidos que se dedican a poner vetos y líneas rojas. Quizás, cuando estudiaban la carrera, hicieron novillos el día que explicaban el tema de las negociaciones.
Todo hace prever –a no ser que Pedro Sánchez nos dé una gran sorpresa- que en diciembre los españoles volveremos a votar y previsiblemente los resultados serán muy similares a los que se están dando en los últimos tiempos. Normalmente las personas no cambian de ideología de un día para otro e incluso temas graves como la corrupción generalizada se ve afectada en las urnas.
Ante esta situación parece que este es el mensaje que los dirigentes de los partidos están lanzando a la sociedad: Ya que ellos no parecen dispuestos a cambiar que sean los ciudadanos los que cambien.
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