Imagino a Pedro Sánchez montando su propia barricada dentro del despacho de Ferraz, con su línea de fuego clausurada al final del pasillo. Deja la planta baja a las órdenes de su lugarteniente César Luena, pero él se queda arriba, tenso y atrincherado, emboscado en su nueva profesión de silencio. Llevo tres días viendo mentalmente a Pedro Sánchez acumulando sillones y escritorios por detrás de su puerta, tras echar bien la llave, apilando varios archivadores volcados, con su ruido metálico de cajones abiertos y expedientes caídos en mitad de la alfombra, entre el brillo primero del retrato de Felipe González que colgó en la pared hasta el miércoles. Miro a Pedro Sánchez tan parapetado en su fuerte modesto de sufrida moqueta que casi no puede oír el griterío de fuera, enquistado en el búnker que le libra del ruido, pero no de su sueño, con su cripta embrujada de fantasmagoría. Pedro Sánchez ya ni siquiera es el hombre que pudo haber sido, porque ha tenido enfrente la tensión de un país. Puede haber errado en sus políticas de extensión progresista, porque él pensó, como muchos votantes –gentes, no políticos- que era posible un pacto no ya por el progreso, sino de regeneración democrática, para devolver a la ciudadanía todos los derechos abolidos al compás de la crisis. Quizá no ha sido hábil, quizá tenía que haberse marchado antes de tiempo, para ser el recuerdo de lo que no ocurrió, pero no creo que nadie pueda caminar con la espalda lastrada por más fardos amigos, con más balas cargadas de camaradería. Quizá la mejor frase de Felipe González en toda esta semana ha sido la que define a Mariano Rajoy: “Es el único político que conozco que, sin moverse, avanza”, y es verdad, porque ha vuelto a ganar sin moverse del sitio, fiel a su sofá y a sus partidos de fútbol. Pedro Sánchez, mientras, se ha movido o ha intentado moverse, pero ahora está acorralado dentro del vestuario, con media grada propia, y el equipo contrario, esperando que caiga su marchita cabeza.
Pedro Sánchez en Él Álamo, sí, o en el búnker, con todo el ejército mexicano enfrente del general Santa Anna, pero con la mitad de su propia guarnición aguardando el paso fúnebre de su esbelto cadáver. Lo ha intentado, sí, en un PSOE más víctima de su pasado reciente que de su gestión actual: la izquierda no está en eso, como tampoco está -mucha- en la abstención. Pero eso no lo sabe quién no pisa la calle, que la gente buscaba, pedía, exigía, que las tres principales fuerzas políticas del cambio se pusieran de acuerdo. No ha sido posible, y ahora cada uno administrará sus ventajas. Alguien dirá –no alguien: muchos- que su única ambición fue quedarse en el cargo, que él sólo quería ser el presidente del Gobierno. Que por eso tenía que haberse marchado. Me resulta curioso, como mínimo, que nadie haga el mismo reproche a Mariano Rajoy, con o sin editoriales más o menos difamatorios, que también podía haber dado un paso atrás.
Antes o después tendrá que aparecer, o van a tener que enviar a Ferraz a un escuadrón de fuerzas especiales para hacerlo salir. Nadie sabe lo que ocurrirá mañana; pero sí parece claro que las líneas rojas, esas zancadillas discursivas tan marca de la casa en la siempre precaria unidad de la izquierda, ya sea en 1936 o 2016, por cambiar de sitio una coma ideológica, al final siempre benefician a los mismos, que tienen su interés común mucho más claro. Esperaré el triste final de la película, con la vista cansada.
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