Rafael Hernando anuncia el sendero de la desolación total. Nadie va entender, ni siquiera los suyos, tampoco los conversos llegados de otras filas partidarias de la seguridad, que ahora entre a negociar la abstención del PSOE. Ha dicho Hernando que no va a ser suficiente con una “abstención estratégica” de los socialistas, porque hacen falta apoyos más concretos. Esto y despeñarse por un terraplén de vaciedad política puede ser lo mismo para una oposición hoy desintegrada, con Podemos tratando de encontrar todavía su perfil ante el desánimo interno, de la algarada moral al pactismo integrador que nunca sucedió, y un PP reconvertido en todopoderoso partido único –de facto- en España. Mariano Rajoy ha salido rápidamente en tromba a matizar que el PP no va a exigir condiciones para dicha abstención, pero la sospecha enciende una mecha de duda razonable. Porque, si la historia nos ha enseñado algo estos últimos cuatro años, es que no existen límites para la trapacería política, y que el sentido de Estado es algo que se arroja a los demás a la cara cuando nos viene bien, pero que no se practica si nos viene mal. Rajoy ha salido airoso del “Sé fuerte, Luis, estamos contigo”, y saldría reforzado de unas posibles terceras elecciones que supondrían el hundimiento definitivo del PSOE. Es a lo que ha sonado la advertencia de Hernando: a un atisbo turbio de chantaje con el pretexto de la gobernabilidad, en la amenaza de unas terceras elecciones que no serían terribles sólo para el PSOE, sino para la sacudida conciencia ciudadana, ya más quebradiza y más desencantada, y la fiabilidad de un país que no es capaz de resolver la torpeza anatómica de sus representantes, demasiado pendientes de su propio reflejo, pero no del retrato colectivo que, sobre todo ellos mismos, nos están agrietando.
El principal argumento, con su sombra voraz de cantinela sobre la situación, de los que han derribado a Pedro Sánchez o han contribuido a su derribo, ha sido la estabilidad del país frente al riesgo de unas terceras elecciones. Estas declaraciones de Rafael Hernando pueden ser más o menos presentables, indicadoras de un perfil moral, pero también muestran la sombra de nuestro porvenir. Según el razonamiento de quienes tanto exigieron la caída de Sánchez, ahora el paso normal, el natural, el serio y responsable, sería la presentación de Mariano Rajoy como candidato a la investidura, con la esperable abstención del PSOE de la gestora post Sánchez y también de Ciudadanos. Independientemente de las consecuencias que todo esto tendrá para gran parte del voto de la izquierda, está la realidad de un país. Llevamos demasiado tiempo sin Gobierno y la gente empieza a sospechar la verdad, que podemos vivir muy bien sin él. Pero claro, ahora llega Hernando y nos dice que no, que la abstención –por la cual se ha partido el PSOE por la mitad- no era suficiente, que necesita una rendición más absoluta, una paz más brutal, con lametón de botas incluido. Y claro, eso va ser difícil.
Entonces, a no ser que Mariano Rajoy ponga firme la situación y las palabras de su portavoz, podemos encontrarnos con lo mismo: de nuevo, el espectro terrible de esas terceras elecciones. Aunque, eso sí: ahora la pelota preñada de fuego bota en la cornisa del PP, con su recia defensa del sistema que se está aniquilando poco a poco, día a día, descrédito a descrédito, y sin héroes salidos de las últimas llamas. Entre tarjetas black y salidas airosas del juzgado, con miradas ceñudas, la confianza civil se está cayendo por el sumidero de las palabras de Rafael Hernando.
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