Cuando la ignorancia engendra odio

31/10/2016

Carmela Díaz.

Prepárense. Agárrense los machos, sufridos compatriotas. Nos aguarda una legislatura trufada de rencor, inquina y furia de los perdedores, esos burdos aprendices de Maquiavelo que menosprecian la voluntad mayoritaria. Como no se ha consolidado ninguna alternativa sólida, gobernará quien debía: la formación que ganó las elecciones en dos llamadas a urnas consecutivas. Pese a Rajoy. O gracias a él. Aunque el precio a pagar será excesivo.

Carmela Díaz

Carmela Díaz

La investidura era lo de menos durante la sesión extraordinaria del Congreso. El morbo residía en el pundonor de un partido descompuesto por la egolatría, las intrigas y la ambición desmedida de un puñado de insensatos. Y el bochorno colectivo lo desencadenaba la comparsa de bufones que asedia el corazón de la soberanía popular. Esa tosca interpretación de narcisistas que ejercen más como vedettes de la política que como representantes de la ciudadanía. Y la amargura gratuita nos la regalaban unos auténticos teorizadores del fascismo zurdo: los pendencieros que cercaban el Congreso. Unos acosadores de ideologías ajenas con ínfulas de matones de barrio. Exaltados carentes de finura, civismo y percepción democrática, quienes, desde la ignorancia, solo exhiben resentimientos injustificados.

¿Por qué atesoran tanta inquina estos chavales que nacieron en plena libertad (sin ira)?  Ejercer un activismo de izquierdas con el único propósito de acosar, hostigar y agredir es propio del autoritarismo más cavernario. La conciencia social se demuestra luchando con brío, pero sin recurrir a la teatralidad superlativa, la intransigencia, la provocación y el desdén hacia el sistema establecido, la legalidad y la Carta Magna. Esas tracas bárbaras solo sirven para camuflar las carencias de los dogmas que predican -y practican-, fundamentados en ridiculizar todo aquello que no les place, les incomoda o va contra sus intereses.

No solo en la carrera de San Jerónimo los sectarios y agitadores insultaban y coceaban como bestias silvestres. En la tribuna de oradores los que amparan semejante caos aniquilaban la educación, los modales, la gramática y cualquier disciplina exigible a un cargo electo en el desarrollo de sus funciones. Tomar posesión de un escaño conlleva deberes y responsabilidades. Convendría imponer a los diputados decoro, maneras y un respeto hacia las instituciones. Y, sobre todo, hacia los que pagamos sus sueldos. ¡Es lo menos que nos deben! Porque, aun sin voceos, pataletas ni alharacas, los españoles acusan un abismal hartazgo ocasionado por la arrogancia de minorías demagogas, radicales y separatistas.

Pero mientras los recién llegados humillaban la sensibilidad colectiva, los que sostienen los cimientos de nuestro sistema y los pilares de la democracia aplaudían en pie preservando la honorabilidad del socialismo. Ese gesto dignificó la sombría sesión de investidura y esa ovación honró a una Constitución que ha permitido engordar a los enemigos del Estado con permisividad, buenismo y subvenciones.  

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