Escribo estas líneas cuando los ciudadanos de Estados Unidos están votando o sea que ignoro quién será el futuro presidente de la nación más poderosa del mundo pero el resultado final quizás sea secundario en la reflexión que quiero hacer.
Los alemanes votaron mayoritariamente a Adolf Hitler en las elecciones de 1933 y poco después ratificaron en referéndum unificar en su persona la figura del presidente y el canciller. El 89,83% de los votantes le dieron el poder absoluto. Hitler podía ser una anécdota o no pasar de ser un desconocido pintor de brocha gorda si millones de personas no lo hubieran votado y mantenido en el poder. Algo parecido pasó en Italia donde el golpe de estado de Mussolini fue bendecido por una parte importante de la población italiana. Tampoco se puede olvidar la tragedia española y que una parte significativa de la sociedad respaldó y mantuvo a Franco en el poder.
Ahora Donald Trump logrará millones de votos con sus fascistoides ideas. El problema vuelve a ser que sus propuestas son avaladas por numerosos ciudadanos por razones muy diversas. Esto es lo preocupante, que su demagógico discurso convenza a tantas personas lo que significa que muchos norteamericanos vean con simpatía sus propuestas xenófobas o machistas. Sin ellos Trump sólo sería un empresario más o menos pintoresco.
El problema no es Trump sino los miles de personas que lo han convertido en un líder en vez de que dejarlo sólo como una anécdota, porque en el escenario que se mueve hay un malestar con el sistema que propicia que un amplio sector de población esperara un discurso así y convierten en importante a un personaje que tenía que ser una mera anécdota.
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