Pequeño vals leonés

11/11/2016

Joaquín Pérez Azaústre.

Un día le contaré a mi hijo que la noche del 9 de noviembre de 2016, mientras Donald Trump ganaba las elecciones presidenciales de los Estados Unidos, él cumplía ocho meses y se me revolvía contra el pecho, con una incomodidad inconsolable. Pero ahí estábamos, en un salón a oscuras, al norte de Argelia, lejos de Nueva York, del Village y del fantasma azul del Chelsea Hotel, mientras él medía la fuerza de sus ocho meses, incipiente y rotunda, con los brazos de mis cuarenta años, entrenados y sólidos tras cientos de brazadas en el agua, pero ya rendidos: porque me estaba ganando, a lo largo de varias horas de vigilia, a las dos, a las cinco, a las seis de la madrugada, mientras nos mirábamos, vigilándonos y acompañándonos, y el cielo gris se abría al primer brillo, como si no supiéramos muy bien lo que estaba ocurriendo: salvo que estábamos ahí, en una terraza iluminada por la primera luz del alba, entre enredaderas, cúpulas y palmeras con aguijoneo leve de dátiles, juntos y expectantes ante el amanecer.

También le contaré que al día siguiente Leonard Cohen murió en su casa de Los Ángeles, acompañado de su hija Lorca. Su otro hijo, Adam, le había montado en el piso en que vivían, en un segundo, un estudio pequeño y efectivo, en el comedor, con los ordenadores, las guitarras eléctricas y un micro, para que un Cohen ya muy enfermo pudiera grabar su último disco, You Want it Darker, que es un testamento convertido en verdad de humo de voz. Quizá lo entienda, entonces, como una consecuencia natural de lo anterior: después de haber ganado Trump las elecciones, de verdad, que esperabais.

Pero el caso es que Leonard Cohen ha muerto justo al día siguiente de haber ganado Trump, y con él se nos va el tiempo irreparable en que el susurro fue una religión hecha verdad. Pienso en Leonard Cohen, en este último disco, grabado con sus hijos, Lorca y Adam, y recuerdo a mi amigo Luis Artigue, el poeta y novelista leonés que también tiene una hija llamada Lorca, a la que dedicó, antes de que llegara, cuando era todavía una tierna habitante ribereña, un libro que se llamó La noche del eclipse, tú, que tiene algo de Cohen en esa pulsación sobre la oscuridad, con su rito escondido, de una fuerza verbal que reconquista amplios territorios al silencio y lo viste con nuevas geografías que vivir y habitar. Muere Cohen, que Luis me pone siempre cuando voy a León, en su casa, en el coche, camino del Húmedo, o en ese bar del jazz –Un, dos, tres… Jazz– con su cerveza de trigo y el mejor queso azul, o en aquel otro café, con escenario, en el que me enseñó varias cervezas belgas antes de que Bruselas existiera.

Hay una nebulosa en la que Luis se encuentra a Leonard una noche platino de León. Cantan y brindan en la barra violeta de aquel bar de flappers, y quizá charlan algo de Miles Davis y su pacto secreto con el fuego infernal. Mientras, en el claustro nocturno de la catedral, cantamos a capela Chelsea Hotel, porque ha llegado el momento de ponernos serios. Lorca mira a Lorca en el espejo: vida a vida, niña a luz.

Lorca, hija de Luis y Elena, mi ahijada, crecerá escuchando a Leonard Cohen y también los poemas de su padre. Hoy seguimos cruzando, entre brazadas, la noche del eclipse. Hoy brindamos por Cohen, su luz de carne. Somos siempre los mismos al final de la fiesta. Seguiremos bailando hasta el final del amor.

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