He visto la cara de Trump en mi espejo

18/11/2016

Álvaro Frutos Rosado.

La toma de conciencia colectiva que la victoria a los puntos de Trump está significando, no deja de ser interesante pues muchos pensantes se han puesto a diseccionar causas y posibles consecuencias, de las más fatalistas a las más bonancibles, pero todas factibles.  Es interesante pues puede ser un primer paso para abandonar el unamuniano “que inventen en ellos”  que nos invade y comencemos a construir un barco nuevo en lugar de achicar agua y levantar los brazos pidiendo auxilio como hacemos ahora.

Para que esta inexcusable tarea empiece, lo primero es no engañarse, mirarnos al espejo y  comprobar a quién vemos. No asustarnos si vemos a Donald Trump. El electo Presidente norteamericano no sólo es un hombre de nuestro tiempo, es el reflejo de la sociedad hacia la que vamos caminando desde hace tiempo, con lo cual no es cuestión de envolvernos ahora en falsas morales, en definitiva es eso lo que queríamos.

Trump es el tipo de rico que tenemos en el imaginario y nos gustaría ser. Trabajar gratis, despreciar el dinero de tanto que se tiene, comprar a golpe de chequera lo que se  antoje. Personas que desprecian al inmigrante sea mejicano o sirio, qué más da,  que marcharon de su tierra de nacimiento por molestar, para robar, menoscabar  el “american way of life”. No como nosotros, individuos para los que el trabajo no es valor de producción y  crecimiento colectivo, es búsqueda del éxito y enriquecimiento, donde todo vale.  El top del objetivo laboral: Éxito convertido en popularidad y maximización del beneficio en el camino a la riqueza personal.

El elegido es un prototipo de icono social, genera tanto rechazo como admiración, constituye el reflejo de esa parte de la sociedad que ha resultado vencedora de esta  crisis económica mundial y de todas las que se produjeron antes y lleguen en el futuro. Una clase que aumenta escandalosamente sus beneficios cuando otros pierden, no ya su capacidad de consumo, sino incluso los elementos básicos de subsistencia. Ciudadanos que hacen responsable a la clase política por dilapidar los recursos públicos, por no saber gestionar su encomienda y reprochan a los parias de una u otra condición por generar ineficiencia al percibir subsidios que lastran la fluidez económica.

Hay que asumir que Trump es el reflejo del liderazgo del nuevo tiempo. Es ya momento de dejar el análisis rebuscado y complejo, a un lado y otro del océano, preguntándose cómo los ciudadanos votantes no han sabido ver lo que se viene encima y han echado esta gran carga sobre los demás norteamericanos y los europeos. En definitiva, han votado a la proyección más estereotipada del poder y el éxito que ha surgido tras la globalización y que las redes sociales en gran medida se han dedicado a difundir.

Es una elección ciudadana con el telón de fondo del miedo,  de la frustración,  del rechazo a un welf state mediopensionista que en ocho años no ha sido capaz de romper los bloqueos de una sociedad reaccionaria y clasista que ha aceptado de mala gana las tímidas políticas garantistas de los demócratas, que valora a Obama como un líder diferente pero que considera que sus políticas han cambiado pocas realidades.

En este contexto el miedo de la dirigencia europea no es solo entendible. Es que los sensatos se habrán dado cuenta de que ya ha saltado el dispositivo de la cuenta atrás. Una obvia razón, llevan demasiado tiempo sin hacer nada y los procesos electorales se vienen encima sin que quede tiempo para cambiar de políticas; solo caben faenas de aliño como la inversión de 50.000 millones y un relajamiento en las exigencias de austeridad. A buenas horas.  Tarde para darse cuenta de que la Europa de las grandes corporaciones empresariales no vota en las elecciones y que el objetivo comunitario y de los Estados  ha sido garantizar su círculo de confort. Cosa distinta sería si, frente a los discursos y modelos socio políticos liberales imperantes, se hubieran consolidado fuerzas progresistas, tanto en el terreno político como en el sindical, que hubiesen ofrecido un modelo alternativo, corrector del paulatino proceso de crecimiento de las desigualdades sociales, con preocupaciones más cercanas a la calle, al empleo, al bienestar ciudadano, a la cohesión social. De haberse producido esto no existiría una sensación de miedo e incertidumbre como la actual.

En el fondo se ha tratado a los ciudadanos como si todos fueran seguidores apasionados de un programa de televisión en los que las risas y los aplausos son incitados y en el peor de los casos aumentados de volumen para sentirse todos más confortados.  Así las cosas están eligiendo a los showman más picantes y graciosos.

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