El espacio aéreo estadounidense permanece velado para Arnaldo Otegi. Ha tenido que ser la patria de Walt Whitman y el Capitán América la que nos recordase no sólo su pasado terrorista, sino su filiación, ambigua y amplia, con su prolongación en el presente. Un hombre tiene derecho a atravesar un légamo furioso durante su juventud, a tropezar y a enfangarse en cualquier barro espeso de la vida, y a pagar por ello, sin que lo tengamos que estar golpeando, continuamente, en la frente abultada de su biografía. Todos tenemos un pasado, su caída de errores en las larvas oscuras, o quizá luminosas, del espejo de nosotros mismos que desearíamos hallar al mirar hacia atrás; por eso un hombre, especialmente si carga con determinados abismos en su lastre de tiempo, ha de ser cuidadoso con la administración de su presente. Quiero decir con ello que Arnaldo Otegi, que en su juventud participó en la quema de una gasolinera, en varios robos a punta de pistola y en el secuestro –que no es delito menor- de Luis Abaitua, director de Michelin en Vitoria, una vez cumplidas sus penas, o prescrito el delito, es un ciudadano pleno de derecho, al que no cabe incrementarle, en principio, el reproche social, si ha pagado por él. Pero si ese mismo ciudadano, Otegi en este caso, sigue manteniendo las mismas posiciones que entonces lo hicieron delinquir, y retuerce sus esfuerzos retóricos no para afianzarse en un distanciamiento con esos postulados, sino en una disparatada equiparación entre los 1.000 muertos de ETA y los demás, causados por las Fuerzas de Seguridad del Estado en el cumplimiento de sus funciones –sin incluir, por supuesto, los deleznables crímenes de los GAL-, digamos que este hombre, que ya no quema gasolineras, ni va por ahí atracando a la gente con un pistolón, ni secuestrando a directores de empresas de neumáticos, continúa siendo un entusiasta inductor, o un legitimador, o un defensor, ahora legal, de la sustancia interior de sus pasados crímenes.
Porque claro, nuestro comprensivo sistema jurídico y político –que Arnaldo Otegi, y otros tantos que se han beneficiado de su naturaleza garantista, además de aquellos a quienes ellos representan, no tienen ambages en calificar de opresor- ampara interiormente esta realidad: que alguien que quiere reventar nuestra vida, sin eludir la retórica dinamitera, justificando veladamente, en ocasiones, y en otras con airado descaro, los crímenes que han ido cometiendo las sucesivas organizaciones violentas de la izquierda abertzale, pueda ocupar su escaño o su poltrona institucional, únicamente, porque nuestro sistema privilegia la libertad política sobre su propia sobrevivencia.
Pues bien, Arnaldo Otegi ha aireado estos días un poco cándidamente, hasta el aburrimiento, su intención de acudir a La Habana, al entierro de Fidel Castro, “fuente de inspiración” y “referente ético y político de la izquierda independentista”; lo que, conociendo algunos crímenes del castrismo, no puede asombrarnos. Pues bien, mientras aquí andamos con reconciliaciones y con palmaditas en la espalda, de los diputados de Podemos y de IU, cada vez que un diputado de Bildu se empeña en equiparar, en el Congreso, la violencia etarra con la respuesta policial, en EE.UU. nos recuerdan que Arnaldo Otegi, lo que ha sido, y lo que seguramente sigue siendo en el corazón de su discurso, es un terrorista. Y ojo: no siempre la izquierda ha sido así. Recuerdo vivamente cuando Rosa Aguilar se quedaba prácticamente sola, desde IU, condenando la alianza de IU con Herri Batasuna en Euskadi. Eso puede y debería ser la izquierda: defender los principios, pero no intercambiarlos por una ambigüedad que ha costado la vida de la gente que dices defender.
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