La poesía de Pere Gimferrer es una religión del asombro verbal. Nosotros no leemos su poesía, sino que la habitamos, respiramos por ella, profesamos su fe. No es un culto nuevo, porque inició su Génesis levantando Malienus, ese canto a un mundo agonizante, de palacios alzados bajo un cielo ancestral, con sus amplios salones cubiertos de verdina, pasadizos profundos, inundados de algas, y un musgo azulado en el sol del otoño. De alguna manera, el cosmos de Malienus, aquel primer libro adolescente, previo al inaugural Mensaje del Tetrarca y a Arde el mar, ya configuraban unas coordenadas en su ruta poética que conducían a una única tierra: no sólo la belleza, sino también la autonomía del poema, configurado como una nueva realidad. Porque, por más que la poesía que ha venido escribiendo desde entonces Gimferrer, en todos sus registros, idiomas y texturas, tenga como singularidad brillante la incardinación natural de los elementos más dispares de la vida -del cine a la política, pasando por el arte y la pintura, y por supuesto la literatura, la poesía ajena, la de sus maestros, y también su propia biografía poética, y cualquier referencia cotidiana-, si algo ha caracterizado el mundo poético de Gimferrer es precisamente esto, que se suele decir de muchos poetas, y no siempre se cumple: que constituye un mundo, verdadero y exento, con sus propios meandros y sus oscuridades, rutilantes de luz, tanto en castellano como en catalán, con su devenir, como un ciclo que siempre muere y se renueva en cada libro, termina y renace, engarza con todo, en todo se levanta y restituye, para fundarse de nuevo, en la nueva oración de una galaxia plena, articulada a fuerza de lenguaje, de música y de voz.
Después del celebrado, icónico ya, Arde el mar, el crepuscular La muerte en Beverly Hills, un Sunset Boulevard poético en plena España del franquismo, y Extraña fruta y otros poemas, sobrevino su poesía en catalán, con auténticas cimas como Els miralls, Hora foscant y Foc cec, además de L’espai desert, un largo poema, un torrente con pálpito de Eliot, nuestra Tierra baldía. Muchos más libros, también de ensayo, o de ensayo lírico, o de prosa poética, como L’agent provocador. Pero, tras Mascarada, en 1996, un silencio poético en castellano que duró hasta la aparición de Amor en vilo –acompañado de Interludio azul– en 2006, seguido de Tornado, Rapsodia, Alma venus y El castell de la puresa –en catalán- más Per riguardo –en italiano- y Marinejant –de nuevo en catalán-, hasta el presente No en mis días, presentado hace apenas mes y medio en Madrid y editado, al igual que Per riguardo, por la colección Vandalia de la Fundación José Manuel Lara: último episodio, por ahora, de este universo interminable.
Cuando un poeta ha sido tan grande como Gimferrer, resulta recurrente un cierto amparo lector en sus títulos famosos: nada como Arde el mar, nada como La muerte en Beverly Hills, dirán algunos. Sin embargo, habiendo leído toda su poesía, esta segunda etapa, la iniciada en 2006 –en tres idiomas, pero con preponderancia del castellano-, y marcada por la presencia deslumbrante de Cuca, amor fecundador de un mundo lírico, no es que sea tan brillante como la anterior –que incluiría, por supuesto, toda su poesía en catalán-, sino que profundiza en los cimientos de este mundo real, lanzándolos a un cielo que conquista con su oxigenación de amplios contrastes, con un ritmo marcado en la contemplación del poema como un todo que contiene la vida. Porque no hay poesía más viva, más consciente de su capacidad, de su amplitud de espacios y horizontes, de su campo vastísimo de asombro en la herrería cenital del lenguaje, que la de Gimferrer, que este No en mis días, que comienza con un poema impresionante, El Leteo, que es la vida y la muerte, su azulado contraste, Pound y los fuegos de artificio de nuestra juventud. Cada uno a escondidas de sí mismo: seguimos escribiendo Too much, Johnson, un poema extraordinario, dedicado a Juan Marsé, porque es pasión por el cine, Hollywood, California, años 40, el cielo de Paul Bowles y el corazón de Poe. Hay más, muchos, como los extraordinarios Battle of Angels y Teatro de Sombras, que ayer leí sentado en el Café Central de la plaza del Ángel, justo donde transcurre este poema, que se gesta a sí mismo como un vuelo encendido que recorre Madrid en los días terribles de la guerra civil, con Arniches, Bergamín, Alberti y el ángel fundador de Octavio Paz.
Referencias salvajes, de un fulgor libre y eléctrico, desde el Glenn Ford que interpreta a Julio Desnoyers en Los cuatro jinetes del Apocalipsis, versión de Vincent Minelli, cruzando el sur de Francia con un vientre de bombas a punto de explotar, hasta los GAL, o for me and my gal, con Judy Garland. Devanadera o Parlamentarismo 2016 son grandes y pequeños grandes poemas. Aquiles se levanta en la tormenta y Góngora nos canta. Tememos el fantasma ceniciento de Anne Baxter en All about Eve, tras descubrir las otras camisas pardas de Europa. También soñamos el cielo de Velázquez. Y always Cuca: “Me diste el alimento de la noche / y me has dado las prímulas del día”.
No en mis días es un libro extraordinario, una celebración de la poesía que supondría, en sí mismo, la consagración de un autor. En el caso de Pere Gimferrer, es un nuevo episodio de su libro infinito, una constatación del culto que vivimos los que hemos respirado en sus poemas. Composiciones con estructura, con un aliento íntimo que no es exactamente un tema, pero se le parece, porque en estos poemas hay asuntos: el amor y la muerte, la existencia infinita, el caudal del asombro, la sustancia poética sin tiempo, como un plano de luz que nos hace volar más allá de nosotros. No estamos solamente ante un poemario, sino ante una declaración de principios filosófica y vital: habitar el poema, ocupar nuestro espacio, en una geografía con su incendio de luz.
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