Qué bueno es cuando no pasa nada

03/03/2017

Álvaro Frutos Rosado.

Cuando De Rojas Zorrilla escribió su drama “Del Rey abajo, ninguno” ponía énfasis en la exagerada lealtad al Rey en confrontación con el honor: El monarca puede alcanzar el perdón por la felonía cometida, pero ningún otro tiene ese derecho. La realeza está ungida por un designio divino y debemos inclinar la cerviz; no es sumisión es respeto. Era el S XVII.

En esta sociedad post-todo pasamos de una cosa a la otra sin muchos reparos. Durante esta semana se ha puesto en cuestión una sentencia de los tribunales de justicia por ser excesivamente benévola con los familiares del monarca y, se ha discutido si cárcel inmediata, o si se debe  esperar a la firmeza de la sentencia. Se ha comparado el castigo con el que se impuso a un ladrón de bicicletas. Patética esta película del neorrealismo español que vivimos. La monserga ha llegado a la calle recuperando, de nuestra rancia historia, el “¡Fuera los Borbones!”.  Más moderno y despiadado es lo que ha inundado las redes sociales con productos gráficos de todo tipo, por no decir nada de la portada de un semanario humorístico. La pérdida de respeto institucional es una cosa seria y una sociedad avanzada debe tener en la autocontención el verdadero límite a la libertad de expresión.

No es cuestión de ponerse de pie, firmes, entonar un himno o proclamar pareados  laudatorios al hablar de la realeza y sus contornos. Eso también es de un tiempo pasado. Ahora bien, el problema es que en el siglo XXI el respeto nace de un compromiso, la especial consideración con  “la autoridad” es porque ella nos garantiza, por un pacto constitucional, que nosotros somos respetados por los demás y por el poder público, es el límite al  abuso, es la norma que frena que el fuerte se aproveche del débil, que nos iguala y obliga a todos. Es más, en nombre de la autoridad es por lo que se cumplen y hacen cumplir las leyes. El paraguas contra la tiranía. El recto principio de la civilidad democrática que deslegitima la subversión. Si esto se rompe, mal vamos. Lo malo es que la Autoridad se ha reído de nosotros.

No sé si somos conscientes de que estamos poniendo parches al auto que nos lleva a todos y algunos deben pensarse que lo que se está haciendo es tunearlo para construir un coche de carreras y esto cada vez se parece más a  un carromato de ruedas de madera tirado por bueyes eunucos.  Todo lo echamos a la trasera, para ver si con los baches la carga cae.

El consenso constitucional sobre el que se construyó la España actual debe ser replanteado. No valen simplemente declaraciones de petición de perdón o conformarse con lo que la justicia dictamine. Estas son condiciones necesarias pero no suficientes. Los fundamentos del Estado están en peligro, y no por lo que dice Homs.

La semana ha estado convulsionada por la real sentencia, complementada con alguna otra sentencia jugosa, nos hace olvidar que un presidente de una Comunidad Autónoma y sus correligionarios piden tiempo para dimitir por conductas nada edificantes; los periódicos dan copiosa información sobre la financiación de un partido político y de cómo todo era para la consecución de favores públicos para empresarios que capean libremente; y la violencia machista crece de manera inusitada.

No pasa nada tenemos un sistema a prueba de todo, nadie debe de alarmarse pues como diría el Presidente del Gobierno en nuestro país las cosas van bien y solamente los amargados y los antipatriotas ven problemas. No hay razones para alarmarse pues la Justicia funciona. Hasta el cuñado del Rey puede ser condenado y eso demuestra que la ley se cumple. Todo formalmente está bien encuadrado. No se cumple el programa contra la corrupción pactada para la elección de Rajoy, pero no pasa nada, se firmó para gobernar. Su valido, el Presidente de Bankia, condenado a cuatro años, no pasa nada. Y que la oposición no rechiste pues se pueden convocar elecciones y aumentar la mayoría gubernamental.

En conclusión, la Casa Real está pillada  debe callar pues bastante es todo lo que la están dando por un lado o por otro. La oposición parlamentaria está contenta porque de vez en cuando la dejan apuntarse un tanto y decir lo fuerte que es, aunque a los ciudadanos ni frío ni calor. La otra oposición está cantando el Manitu del Cuervo Ingenuo para asaltar el poder. Y el Gobierno, nada, ha abierto despacho en Barcelona y piano a piano quiere convertir su atonía en normalidad democrática.

Los ciudadanos esperan tranquilos que llegue el momento de presentar la declaración de la renta; rezando para no ser incluidos en un ERE que les lleve al paro por tiempo indeterminado; pagando los recibos de las grandes compañías, no sabiendo bien el qué y porqué, y eso sí, siguiendo emocionados la liga, que se ha puesto “ilusionante”.

Antes de la monarquía pasaban cosas muy parecidas, eso sí no se podía escribir sobre ellas.

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