‘Misántropo’, amor a la verdad

09/03/2017

Luis M. del Amo. Miguel del Arco arrebata con su adaptación de Molière en su regreso a Madrid.

Cuatro años después de su estreno vuelve a Madrid Misántropo, la versión de Miguel del Arco de la universal obra de Molière. La obra deslumbra. No solo por la excepcional interpretación de sus actores, sino por la brillantez de su puesta en escena y en general por el magnífico cuidado que este singular director ofrece a cada detalle de la panoplia teatral.

Compuesta por Molière en 1666, con el subtítulo de El atrabiliario enamorado, la obra arremete contra la mentira y sobre todo contra la hipocresía social dominante en la vida en sociedad de la época. Y tiene como particularidad la utilización de personajes de la clase aristocrática, no como modelo de virtudes – como se acostumbraba– sino como foco de vicios, singularmente de la adulación que los hombres ponen al servicio de sus propios intereses.

En este marco se ambienta la disputa de Alcestes, el protagonista de la obra, un hombre que, harto de esta mentira social, lucha por eludir el halago, ser fiel a sí mismo y tratar de decir siempre la verdad, aunque eso incluya un amor ciego por Celimena, la joven advenediza cuyos encantos ella misma pone al servicio de su ascenso social.

Disputa por la palabra

Del Arco elimina en su versión toda crítica a aquel ‘atrabiliario enamorado’, y centra sus pullas en la hipocresía social. Para ello, genialmente, sitúa su obra en el patio de atrás de un edificio donde se celebra una gran fiesta. Un espacio dominado por una escalera, que da acceso a la fiesta, por donde se escapa una música machacona, y donde tendrá lugar toda la acción.

Llegados a este punto, dos son los aspectos sobresalientes de esta versión. Por un lado, ya se ha dicho, la excelente localización de la acción, situada en ese patio trasero, próximo a la vida social, pero fuera de ella, donde se ventilan las verdades ocultas en las relaciones humanas, y que ofrecen la otra cara de la mentira y la adulación.

Esta magnífica solución se completa con una puerta que, según se va abriendo, apenas deja entrever lo que ocurre en esa fiesta, siempre en sombras, y por donde va apareciendo un conjunto de personajes absolutamente inolvidables.

Por allí aparecen Alcestes y Filinto, para protagonizar sus primeros duelos en torno a la posibilidad de vivir en la verdad. Por allí aparece más tarde el magnético Orontes, un malogrado poeta que Del Arco convierte en cantante, y cuya interpretación constituye un ejercicio de encantamiento que, da la impresión, podría prolongarse hasta el infinito. Por allí finalmente, aparece el grupo, en sorprendente y coreografiada entrada, y con una presencia tan imantadora como la del propio Orontes minutos antes.

Y hay que hablar aquí del segundo gran acierto de la obra. No es solo que los actores se muevan en escena como los mismísimos ángeles, ni que sus movimientos actúen siempre al servicio de la obra. Es que, cuando abren la boca, su palabra siempre sirve a la acción. Por ello, nunca esperan pasivamente a que llegue su turno para hablar, sino que por el contrario luchan por hacer prevalecer sus razones, se disputan la palabra y pelean en suma por que sus argumentos sea escuchados en esta fabulosa contienda.

Inútil distinguir aquí a ninguno de esos actores: Israel Elejalde, Ángela Cremonte, José Luis Martínez, Miriam Montilla, Manuela Paso, Raúl Prieto y Cristóbal Suárez. Quien tiene un mayor papel sobresale. Pero todos colaboran por levantar esta obra que se ve con auténtica pasión.

Por si fuera poco, Del Arco introduce además en la representación pequeños momentos no naturalistas que, acompañados de proyecciones, ilustran la situación emocional de este misántropo, cuya pelea a muerte fascina, entretiene e imanta. Y que ahora puede verse, hasta el 26 de marzo, en el Teatro Kamikaze de Madrid.

Una auténtica maravilla. No se la pierdan.

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