Aquel 11 de marzo

10/03/2017

Joaquín Pérez Azaústre.

A ti, que aún estás

Aquel 11 de marzo comenzó con un silencio gris, lumínico en los ojos todavía soñolientos. No era tanto la edad de la pérgola y el tenis, pero había todavía una inocencia azul no sólo en las paredes del salón, sino también en la mirada joven hacia un tiempo que nos pertenecía. Amanecimos en nuestro piso de Chamberí, con ese cielo esbelto en el recuadro de un patio interior que bien podía haber sido el de Buero Vallejo en Historia de una escalera, con su erosión de años y de voces rondando la baranda de una sola pieza de madera, que había cincelado el viejo carpintero que todavía trabajaba junto a nuestro portal, a la altura del bar América. Justo la tarde anterior, le habíamos encargado unas estanterías. Escuchamos la noticia en la radio y lo primero que pensamos fue en la cantidad de amigos que cubrían ese trayecto. Descolgamos el teléfono, llamamos a sus números, pero las líneas estaban saturadas. Mientras escuchaba el pitido recordé la conversación con el hombre que había envejecido prácticamente sin salir del barrio, con las arrugas marcadas a buril en su cara y tres dedos amputados por accidentes de carpintería, muñones que él movía con agilidad en la atmósfera cargada de serrín en la respiración. Pensaba en todo esto, en la normalidad de las últimas horas del día anterior, que había tomado unas cervezas con mi amigo Gonzalo en el Stevenson y que, solamente una noche después, unas bombas habían reventado los raíles y los vagones de la estación de Atocha, pero también los de otros trenes de cercanías, todos con la gente que iba a trabajar, cientos de cuerpos atrapados en aquel incendio de hierro.

Tú tenías que ir hacia Moncloa, para un trabajo de grupo de la facultad –éramos tan jóvenes que tú todavía estudiabas-, pero te convencí para que no salieras de casa. Llamamos, después, a nuestro amigo David, que estaba muy cerca de nosotros, en su corrala de Bravo Murillo, para que se viniera con nosotros, cuando otro amigo periodista, al que llamé a la redacción en la que trabajaba entonces, me confirmó que en el periódico todo el mundo hablaba de Al-Qaeda. La mañana pasó en un silencio de plata, cortante en la garganta como una hoja helada. Apenas nos movimos del sofá. Preparamos, recuerdo, una pasta con tomate, pero apenas comimos. No dejamos de mirar la televisión y luego, por la tarde, cuando parecía que las cosas estaban ya calmadas, David se fue a su casa y tú y yo nos quedamos con nuestra soledad, después de haber conseguido hablar con nuestras familias para explicarles que estábamos bien, que no había muerto ninguno de nuestros amigos, aunque todavía había tres con los que no habíamos conseguido comunicarnos. Después pasó la noche, y no nos despegamos.

Al día siguiente, al coger el metro, íbamos solos. Fuimos a algunos bares, pero estaban desiertos. Ese día, aquel 11 de marzo, fue el último día de nuestra juventud. Ahora pienso en nosotros, en todo lo que hemos recorrido en estos doce años más uno, que nos contemplan ya con una carga de errores y vida, de esperanza y de convencimiento. Unos años después dejamos aquel piso, también aquella vida, porque había otro horizonte con mañanas abiertas. Pero algo de nosotros se quedó en aquel día: algo que hoy regresa, y aún nos pertenece.

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