20 años de “Atrapados en azul”

22/03/2017

Joaquín Pérez Azaústre.

Hace veinte años vivimos atrapados en azul. Realmente era otro tiempo, también otro fulgor: no parecía que nadie se impacientara esperándonos en casa, pero sí que había un mundo ebrio de sensaciones que iríamos anotando en la página en blanco de la piel. Recuerdo algunas tardes de 1997, cuando me subía al trastero de mi casa, en Córdoba: una especie de torre no exactamente de vigía, sino de protección de uno mismo. Allí arriba, con esa ventana abierta a la sucesión de azoteas de Ciudad Jardín, con las antenas de televisión y los tendederos de ropa hinchada por el viento, he visto los atardeceres más definitivos de mi vida. Allí arriba soñaba, allí mismo era yo –todo lo yo que puede uno ser con dieciocho o diecinueve años, es decir: todo-, escribía, levantaba pesas entre mis viejos posters ochenteros de baloncesto –Magic Johnson, Michael Jordan, Fernando Martín y Jordi Villacampa a tope-, leía y escribía. Y, por supuesto, escuchaba música. Mucha, pero muy hermanada: Silvio Rodríguez, Víctor Manuel, Serrat, Sabina, Pablo Guerrero. Cuando escuchaba Oh melancolía de Silvio, realmente estaba en Cuba. Con Víctor Manuel, en Asturias, en esa romería que también me esperaba. Con Sabina, en Madrid, que antes o después –entonces parecía que muy tarde- tendría que ser mi escenario, y con Pablo Guerrero, un tiempo en que los jóvenes podían dar la mejor medida de sí mismos, mientras esperaban que lloviera A Cántaros.

Los primeros poemas los escribí en aquel trastero, que no llegaba a buhardilla y era un cocedero de cuerpos desde mayo. Y los primeros cantautores, todos en cintas de cassette. Pero claro: yo sabía que el tiempo que escuchaba, que toda aquella épica poética de Paco Ibáñez, Víctor Jara o Pablo Milanés, había pasado, que no sería mi vida y que no podría serlo. Allí recuerdo, por ejemplo, haber leído, sentado en mi banco de press, Beatus ille, de Muñoz Molina. Y soñar siempre con mundos que, desde aquella ventana del trastero, parecían al alcance de la mano, pero que estaban lejos. Un día, escuchando la radio, escuché una canción sobre Caperucita. Sonaba -suena- igual que mis viejos cantautores –que entonces, hace veinte años, realmente no eran tan viejos, aunque a mí me lo parecieran-, pero con otro brillo, con otra actualidad. Cuando acabó, sin reconocer al cantante, supe que se llamaba Ismael Serrano y que era, más o menos, de mi edad. Al día siguiente, en Galerías Preciados, me compré su disco, Atrapados en azul, y descubrí que Caperucita era sólo el principio de algo mucho más amplio y más profundo, de una literatura musical que rescataba el nervio de los viejos poetas para echarlo a la calle: Vértigo, La extraña pareja, Amo tanto la vida… Y, claro, Papá cuéntame otra vez. No es que aquel disco me cambiara la vida –lo hizo un poco- sino que me ayudó a encontrarme a mí en la vida, a no sentirme ajeno a mi propio momento.

Entonces empezó algo, y después vinieron muchas cosas más –mi último libro, Ella estaba detrás del laberinto, una antología poética en Frida, comienza con un hermoso prólogo de Ismael-, más discos, más libros, más viajes. Familias, horas, rostros. Amores y hasta hijos. Y la vida que fluye, la sangre que ahora mismo también se abre su paso en nuestros corazones, que se escribe y que lanza nuestra vida a lo lejos desde nuevas ventanas. Ya hace veinte años, decía Jaime Gil de Biedma, de casi todo. Ahora se cumplen de este hermoso disco, que nos atrapó a muchos en su tierna y rutilante belleza, antes de echar a andar.

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