‘La ternura’: Del amor y la comedia

28/04/2017

Luis M. del Amo. Alfredo Sanzol da en el clavo en esta indagación sobre los resortes del humor.

Imagen de los ensayos de ‘La ternura’, de Alfredo Sanzol.

Corran. Dense prisa y reserven sus entradas. La ternura, de Alfredo Sanzol, una indagación sobre los resortes del humor, en clave shakespeareana, tiene visos de convertirse en uno de los éxitos de la temporada. Al menos a juzgar por lo visto en un preestreno de la obra, el pasado miércoles, en el madrileño Teatro de la Abadía donde esta divertidísima comedia permanecerá hasta el 4 de junio.

La ternura forma parte de un proyecto escénico del llamado Teatro de la Ciudad. Tras indagar en el tragedia griega, el Teatro de la Ciudad busca ahora ahondar en los mecanismos de la comedia, estudiar sus resortes y en cierto modo renovar su contenido. Y han escogido para ello el estudio de diversas obras de Shakespeare como maestro de la comedia y autor esencial del teatro universal.

En esta onda La ternura cuenta la historia de unas mujeres que, trasladadas a un isla que creen desierta, deben lidiar con los hombres que la habitan, y que han llegado allí exactamente con su misma propósito; esto es, esquivar cualquier contacto con el otro sexo.

A partir de ahí, y con un maravilloso sentido del ritmo, los acontecimientos se suceden uno tras otro y hacen avanzar una trama donde abundan las referencias a mantos mágicos, encantamientos, súbitos enamoramientos y en fin a toda panoplia de recursos que el bardo utiliza en sus comedias, singularmente en La Tempestad, Noche de reyes, Como gustéis, Mucho ruido y pocas nueces o El sueño de una noche de verano.

Uso magistral de la palabra

Pero no se asuste el lector ante tanta referencia erudita, pues la comedia se sostiene igual sin conocer ni una sola una línea de la obra del inglés. Para ello cuenta, en primer término, con un uso de la palabra que imita aquellas expresiones, aunque sin resultar en ningún momento pedante ni mucho menos oscuro. Todo lo contrario. Es un auténtico gustazo oír, de boca de los personajes, el uso de recursos como la personificación para hablar de algunos sentimientos, que se esconden, aparecen… ; o del tiempo y de tantos asuntos en definitiva que no cabe detallarlos aquí. Y lo es hasta tal punto que una simple enumeración de alimentos – es un decir lo de simple, pues este Sanzol goza de finísimo oído – tiene el poder de convocar las carcajadas del público, regocijado por el espectáculo de principio a fin. Un auténtico exitazo.

Pero hay que hablar también de los actores. Sanzol suele trabajar siempre con los mismos intérpretes y no es esta una excepción, pues suben al escenario Paco Déniz, Elena González, Natalia Hernández, Javier Lara, Juan Antonio Lumbreras y Eva Trancón, su compañía habitual. Ya habíamos ponderado aquí las dotes de Lumbreras, un actor de voz áspera y singularmente dotado para la comedia. Y hay que hacerlo de nuevo pues ahora recibe junto a González el mayor peso de la obra – los papeles de los padres – y saca de ello un verdadero tesoro.

Pero si divertidos son los enfrentamientos entre ambos personajes, los padres -y cómo a la madre, por ejemplo, le puede su odio hacia los hombres-, no le van a la zaga las evoluciones de sus respectivos hijos. Inolvidable la cara impávida de Natalia Hernández con su bigote daliniano. O la sencilla ingenuidad de Javier Lara. El arrojo de Eva Trancón sosteniendo uno de los puntales de la obra con su monólogo. La ductilidad de Paco Déniz. Magníficos, precisos, plenos de humor todos ellos. Excelentes.

Sencilla puesta en escena

Ya se dijo al comienzo, corran a sacar entradas. Pero, para completar este comentario, hay que hablar además de algún otro aspecto de la representación. Si estupendo es el uso de la palabra, y bien interpretada además, es necesario detenerse en la sencillez de la puesta en escena en esta La ternura, de Sanzol.

En lugar de acumular elementos sobre el escenario, el director y dramaturgo hace que sean los actores quienes comuniquen, con sus gestos y movimientos, la existencia de los lugares que intervienen en la trama: el arbusto donde esconderse, el precioso acantilado, las largas caminatas por donde surge el amor…

Una desnudez de elementos en suma que viene magníficamente complementada por la iluminación de Pedro Yagüe – nítida y esencial, también – y por el sobresaliente diseño de vestuario de Alejandro Andújar.

En este cúmulo de aciertos tan solo cabe oponer un pero. Y es en la escena del acantilado, donde los personajes dialogan sobre el horizonte y el sentido de la vida, cuya resolución a mi entender no acaba de alcanzar lo que perseguía. Volvería a ver la obra solo por ver ese fragmento, de singular intensidad, y en el que algún elemento fuera de orden –quien sabe, quizás una pausa fuera de sitio – impidió, al menos en el ensayo general, disfrutar plenamente de la bella concepción de la escena.

En resumen, un auténtico placer para el entendimiento y los sentidos. No se la pierdan.

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