La abogacía en un sistema judicial obsoleto del siglo XIX

12/07/2017

Juan José Martin Prados.

Después de más de tres décadas de profesión ganando y perdiendo juicios, evitándolos o pleiteando siempre al servicio del cliente y de su propio interés, me permito concluir a la luz de la experiencia y de la frenética actividad que el actual sistema de justicia es completamente obsoleto e inoperante. Además, deja demasiada insatisfacción (a quienes ganan o pierden pleitos o incluso empatan) pese a constatar la equidad en la forma de aplicar las leyes y el derecho.

Las partes siempre pierden en el sistema judicial, aun ganando. Imaginemos dos empresas  en disputa por el impago de facturas en la que cada parte alega tener razón. La empresa A decide demandar a B por impago. Después del desarrollo procesal del juicio se obtiene cualquiera de los siguientes resultados.

La empresa A gana el juicio y el Juez sentencia el inmediato pago más intereses y costas procesales en un periodo corto de tiempo. La consecuencia para la empresa B que atraviesa una precaria situación económica es el impago por lo que se declara en concurso de acreedores por insolvencia. Sí nosotros representásemos a la empresa A, aun con eficacia profesional, no haremos un buen servicio, sino que generamos un cliente con sed de venganza de la empresa contraria y sus representantes e incluso hacia nosotros. La pregunta fundamental es si creemos que ha ganado la empresa A cuando en realidad ambas han perdido.

Otro posible resultado es que la empresa B resulte ser una gran compañía y, dándose el mismo resultado de David contra Goliat, tras ganar el juicio y cobrado la minuta nos es abonada inmediatamente con intereses.  De verdad creemos que la empresa B va a volver a facturar a la empresa A, o lo que es más frecuente en el mundo de los negocios,  buscara un proveedor menos conflictivo o más abierto a sus propuestas perdiendo todo el negocio que le proporcionaba la empresa B a la A.  Realmente la empresa A ha ganado un poderoso enemigo y ha perdido una parte importante de su negocio, con lo que habrá obtenido una victoria pírrica.

Otra situación real es que aun no pudiendo la empresa B negociar un crédito y pagar la deuda con la empresa A, por culpa de este crédito la empresa se ve imposibilitada de acometer inversiones productivas y fracasar. ¿Quién sería la cabeza de turco a la que culparían los directivos por su escasa previsión interna o la indemnización que hemos de pagar a A? En tal caso también  volveríamos a crear un mal enemigo.

El fondo de esta  realidad es que mientras unas compañías pierden más que otras ninguna evalúa suficiente lo que pierde. Se crea un sentimiento de venganza mal entendida al romper en todo caso la relación entre las personas como verdadero capital humano empresarial en  sus relaciones con clientes y proveedores.

¿Qué es lo que ha fallado? Como profesionales del derecho hemos puesto toda nuestra capacidad al servicio del cliente. Como  abogados hemos evaluado el coste de ganar. Solamente es una meta. El verdadero interés de nuestros clientes es ganar u obtener ventajas y beneficios. Este es un fallo habitual que normalmente cometemos todos, ya que en las Universidades no se nos enseña a asesorar, sino a litigar. No hay ninguna asignatura de consejo y asesoramiento ético a los clientes, y sí  mucho espacio destinado al derecho procesal.

No estoy hablando aquí de que los abogados son malos o no sean profesionales. Quizás sean los mejores profesionales, que tienen que luchar todos los días contra un sistema totalmente inoperante y falto de dialogo, que tiende de una manera asombrosa a tiranizar la justicia e imponer caprichos y situaciones totalmente obsoletas a una Justica antigua, lenta, cara, insatisfactoria, aleatoria y profundamente ineficaz.  Esta obsolescencia le viene al sistema por su inmovilidad, no es lógico ni justo que tengamos unas leyes en lo que lo más seguro era una carta. En la que no se contemplaba el uso de móviles ni firmas electrónicas.

Justicia del siglo XIX en el siglo XXI

Tenemos una justicia del siglo XIX para casos del siglo XXI esto explica en gran parte la quiebra del sistema. No resulta coherente que tengamos las mismas normas de juego en la justicia que cuando nos movíamos con carretas y cuando los móviles no eran teléfonos. Sólo podemos explicarnos por el propio sistema y lo reticentes que es a realizar cambios en su modus operandi.

Tampoco estoy criticando a los miembros de la Administración de Justicia, jueces y demás miembros que tienen que luchar todos los días con procesos totalmente obsoletos, y sumamente garantistas que hacen la justicia totalmente inoperante. Y a pesar de todo son los mejores profesionales. Lo que aquí denuncio es un sistema tremendamente injusto e inoperante. Un sistema tan ritualista que nos hace pensar que toda la vida se ha hecho, así las cosas. Un sistema que tiene miedo a las tecnologías y una tendencia muy marcada a volver a lo anterior. Con eso tenemos que lidiar tanto los abogados como el Personal al servicio de la administración de Justicia.

Los abogados, incluso tenemos dentro del sistema un plus de trabajo, el cual consiste en explicar a nuestros clientes como funciona la justicia, su coste, los riesgos y como colofón explicar porque es tan inoperante y lenta. Trabajo verdaderamente hercúleo, ya que muchas veces ni nosotros mismos tenemos el conocimiento perfecto del sistema, ni llegamos a entender alguna de las cosas y situaciones que se producen en las Salas.

Las relaciones personales

¿Qué importancia tienen las relaciones personales en una sociedad tecnificada como la nuestra? Quizás podríamos decir que en una época en que los ordenadores y la tecnología han calado tanto en nuestra sociedad y en nuestras interacciones, lo que más se ha desarrollado son las relaciones personales, sólo hace falta ver las redes sociales que no son más que comunicadores de relaciones personales entre sujetos. Las relaciones personales en sí son neutras lo que tiene contenido es el mensaje que van transmitiendo, de necesidad, de satisfacción etc. Una empresa, actualmente con los clientes, no tiene solamente una relación de satisfacer las necesidades de un determinado bien; sino que trata de acercarla a su propia filosofía, trata de que sus clientes sean fieles y le compren convencidos de que compran lo mejor que pueden comprar. Eso se consigue principalmente fomentando las interacciones y relaciones personales de la empresa con los clientes y proveedores. (Entiéndase aquí relaciones personales no de persona a persona sino entre personas). Por eso las empresas se gastan mucho dinero en campañas con el objetivo de darse a conocer, que son de confianza, que cumplen las leyes, que conectan con sus consumidores proyectando una imagen de confianza y solvencia.

Todas estas relaciones que la empresa ha querido transmitir a sus clientes y a sus proveedores se quiebran absolutamente con un simple pleito. Es indistinto que un pelito se gane o se pierda ya que genera un coste mayor que  el económico. Es un perjuicio en la reputación de la empresa frente a sus clientes, dando la imagen de que la empresa sólo quiere su beneficio y su campaña de fomentar todas las relaciones personales con sus clientes, son dinero inútil cuando media un pleito.

Esto es lo que se debe de cambiar; esto es lo que los abogados debemos medir antes de sugerir un pleito a nuestros clientes dicho daño no medible e imperceptible a primera vista, el cual supone un gravamen muy importante en la evolución de la empresa y un fracaso de toda la empresa, ya que cualquier esfuerzo que quisiera realizar la empresa, se ve trabado con el rencor y desconfianza que genera un pleito ganado o perdido es indiferente.

Visto lo inoperante del sistema y las verdaderas razones de tener esta justicia inmovilista, lenta y anticuada debemos centrarnos en el tema que nos ocupa los abogados.

Profesión denostada

Nuestra profesión es constantemente denostada, parece que está de moda que los abogados sean siempre los malos, los que originan las controversias y causan los perjuicios a los clientes. Este no es cierto los abogados, estamos para restablecer las relaciones de nuestros clientes de la mejor manera posible y así en el Estatuto General de la Abogacía Art 9 establece que “…los abogados se dedican profesionalmente al asesoramiento, concordia y defensa de los intereses jurídicos ajenos tanto públicos como privado”. Es aquí donde quiero hacer hincapié, establece tres funciones distintas. Asesoramiento, Concordia y Defensa de los intereses jurídicos, No sólo defensa sino también asesoramiento y concordia. Normalmente a los abogados se nos conoce únicamente por la defensa, va siendo hora de que también se nos conozca por el asesoramiento y concordia tan necesaria en una sociedad cuyas interacciones son tan rápidas y flexibles que chocan con el anquilosado sistema de justicia.

Nuestra profesión a pesar de ser muy antigua, desde el principio de la Civilización, tiene muchos paralelismos con la profesión de Médico. Mencionemos aquí alguno de estos paralelismos

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