Antígona: El valor de un género

11/08/2017

Luis M. del Amo. Del Arco reestrena el texto de Sófocles frenado por una controvertida decisión.

No hay cosa más difícil que montar una tragedia. Se trata en primer lugar de un género moral, inventado por un pueblo ya desaparecido, y al que sostenía una visión del mundo opuesta diametralmente a la nuestra. Por lo demás, sus acciones son escasas. Y van acompañadas, por si fuera poco, de constantes comentarios sobre el estado de los personajes y por frecuentes recomendaciones sobre su comportamiento, que ofenden nuestra moral y ralentizan el ritmo. Su didactismo, en suma, provoca repulsa en nuestro sentido estético. Y su moral, una llamada continua a atemperar las pasiones, se enfrenta radicalmente a nuestra concepción romántica de la vida.

Y, aun así, ningún director se resiste a enfrentarse con el género. Así lo llevan haciendo durante siglos insignes hombres de teatro, y así lo han intentado una vez más en los últimos tiempos una serie de talentosos directores, reunidos en el proyecto Teatro de la Ciudad, a saber, Miguel del Arco, Alfredo Sanzol y Andrés Lima, donde exploran las raíces del hecho escénico.

En este marco, Del Arco recupera ahora en el Pavón – la gran novedad artística de la capital que cumple ahora un año– el fruto de aquella indagación. El director –un magistral componedor de escenas de grupo y dotado especialmente para las soluciones visuales, buen director de actores además – es autor además de la adaptación del texto de Sófocles, escrito en la época de esplendor de Atenas, en el siglo V a. C, y a quien el género debe diversas innovaciones.

Creonte, interpretado por Carmen Machi

Más allá de esta adaptación, que destaca por algunas muestras de humor introducidas por Del Arco, el también director hace pivotar su labor sobre un planteamiento dudoso como es la conversión de Creonte, el soberbio rey de Tebas, en un personaje femenino. Un cambio que, en mi opinión, lejos de aportar algo sustancial, resta mil ecos y resonancias a la representación, y somete a un escrutinio injusto a la Machi, una actriz espléndida por lo demás. Ni siquiera ella es capaz de hacernos olvidar que el carácter de Creonte es masculino.

Sin ánimo de extenderme en este punto, paso a continuación a detallar otro aspecto, mejorable a mi entender, de la representación. Del Arco, en su versión de Antígona, que estará en cartel hasta el 3 de septiembre, utiliza el coro, y a su Corifeo, como un miembro activo de la tragedia, y no como un comentarista de la acción, una de las innovaciones introducidas por Sófocles.

Lo cierto es que a pesar de la habilidad de Del Arco para ‘mover’ grupos, se echa en falta en mi opinión un mayor peso de esta función distanciadora del coro. Bien es verdad que esta decisión hubiera transformado la obra por completo. Y es que, por resumir, se echa de menos una apuesta más decidida por una adaptación contemporánea de estas obras, que introduzca sin temor referencias conocidas para el espectador actual, y otorgue sin complejos al coro su función moral.

Y es que la energía que le alaban a Del Arco bien pudiera en esta ocasión haberse transformado en una mayor reflexión en esta Antígona, muy apreciable por lo demás.

Una cueva luminosa

El director, que deslumbrara con su Misántropo, donde los actores se robaban la palabra insertos en un escenario magistral, deja sin embargo muestras destacadas de su talento en esta Antígona, muy aplaudida por un público parcialmente puesto en pie en el día de su reestreno.

Sobresale en este sentido la brillantísima solución escénica para representar la cueva donde Antígona es recluida en su conflicto con el tirano, así como el tratamiento lumínico de la representación en general, que oscila entre la penumbra y violentos contrastes, con focos muy bajos y proliferación de contras.

Además, entre sus intérpretes, destaca, no solo la labor de Machi en el monólogo inicial – no así más adelante, lastrada por la controvertida decisión de su director – sino también Raúl Prieto, que traza un sencillo Hemón, cuya austeridad le viene al pelo al conflicto con su padre; así como José Luis Martínez, con un papel secundario, el de Guardia, que el actor no desaprovecha, impulsado por las líneas adaptadas por Del Arco.

Un montaje muy digno, en suma, destacable en algún caso, que pierde sin embargo la ocasión de asumir una adaptación más arriesgada del texto griego, y ve frenada su eficacia por una controvertida decisión de puesta en escena.

Muy recomendable. (Hasta el 3 de septiembre, en el Teatro Pavón Kamikaze de Madrid.)

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