No tinc por, pero estoy decepcionada e indignada

28/08/2017

Maite Vázquez del Río.

Desde principios de semana me estaba planteando ir a Barcelona. Coger el AVE y acudir a la manifestación convocada el sábado a las seis de la tarde para rendir homenaje a las víctimas del vil atentado que se llevó 16 vidas, dieciséis personas (niños, mujeres y hombres) que pasaban una tarde apacible por esa calle abierta al mar que es La Rambla. Dolía el dolor por esas muertas ajenas a una guerra que se libra en otro siglo, por la sinrazón de unos adolescentes a quienes radicalizaron y que, sin apenas haber vivido, estuvieron dispuestos a morir por mandato del Estado Islámico. Ese movimiento que pretende conquistar Europa, destruyéndonos. Ése que solo existe por la guerra que mantiene en territorios árabes y quiere extender a todas partes del planeta. Ése que siembra la muerte desde las Torres Gemelas, el Pentágono, aviones, Atocha… Bataclan, Niza, París, Londres, Barcelona, Cambril… ¡Matar es tan fácil! Y lo peor de todo esa barbarie es que algo nos están obligando a cambiar por motivos de seguridad, ya sea en aeropuertos o hasta tener que poner bolardos en las calles y accesos a lugares concurridos, y nuestras calles están sembrándose de cámaras y ahora paseamos en libertad vigilada…

No tinc por, un grito que salió de las entrañas a la mañana siguiente del atentado, en ese minuto de silencio, con el alma aún encogida y el dolor repartido por todos los hospitales sufrido por los más de 100 heridos, y el dolor de las familias que perdieron a sus seres queridos, y el dolor de una ciudad a la que por unos instantes se la quiso arrebatar la paz.  Ése era el espíritu que movía para ir a Barcelona. Llegar, ir en silencio y rendir homenaje a las víctimas y todos esos héroes anónimos y solidarios que ayudaron desde el minuto cero. Esos mismos representados al principio de la pancarta.

Pero ese impulso inicial se me fue diluyendo a medida que pasaban los días y los políticos hablaban, y comprobábamos las zancadillas entre las fuerzas de seguridad y las acusaciones de que los recortes (por la crisis) han reducido la vigilancia que podría haber evitado el atentado… Se me fueron revolviendo las ganas de ir, la verdad. Más que nada porque, por desgracia, he tenido que cubrir demasiados atentados de ETA en Madrid, porque asistí a la primera de las multitudinarias manifestaciones que se hicieron contra el terrorismo, tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco, y porque los madrileños no olvidamos el 11-M ni las masivas manifestaciones que se hicieron un día después en Madrid, y también en Barcelona. En un silencio que sobrecogía. En la ciudad condal en 2004 participaron 1,5 millones de personas en solidaridad, homenaje y rechazo a esa muerte masiva de ciudadanos que se trasladaban en el metro para comenzar su jornada laboral o ir a sus clases o comenzar su día… Todos gritamos contra la guerra, lloramos por las víctimas y pedimos paz y reforzamos nuestra fe en la democracia. Aquel era otro espíritu, y las primeras lágrimas del 17 de agosto en Barcelona eran muy parecidas a las nuestras. Pero esas lágrimas a medida que iban pasando los días iban quedando en segundo plano.

Y al final no he ido. Y menos mal, porque vaya decepción y hasta indignación. Lo he visto por televisión. Políticos de todas partes de España asistieron callados ofreciendo su respeto por las víctimas. Hasta un rey, por primera vez, acudió a mostrar su repulsa contra el terrorismo, como uno más, y también barceloneses y turistas extranjeros que creyeron que su presencia servía para demostrar a los asesinos que no van a poder con nosotros.

Pero pese a todo, a la manifestación no acudió ni medio millón de personas y muchos se estuvieron preparando los días previos, no para exhibir pancartas contra el terrorismo y los asesinos sino para reivindicar una independencia que estaba fuera de lugar. Parecía que los malos no eran los terroristas sino el resto de los españoles. Y duele porque el resto de los españoles el día de los atentados estábamos con Barcelona y Cambrils y queríamos compartir el dolor y la rabia que producen los terroristas. ¿A qué venía la postura de los antisistema? No era el momento de la política, sino el de la solidaridad y el homenaje. Pero tal y como están las cosas, con una ley de transición a las puertas de proclamar la república de Cataluña -sin saber si tendrá lugar el referéndum y, si lo hay, si ganará el sí-, no hay momento para llorar a los muertos.

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