Fuenteovejuna

31/08/2017

Teodoro Millán.

Atocha, Barcelona… al grito de “todos unidos por las víctimas, por la paz…” demostramos cuanto nos desunen estos brutales ataques terroristas. Como si de una maldición lacaniana se tratase, demostramos al mundo, y a nosotros mismos, lo frágiles que somos como sociedad y como nación. No por el atentado, sino por la reacción que adoptamos frente a él.  Cada vez repetimos liturgias, tratando, sin lograrlo, de mimetizarnos con otros países de mayor solera democrática. Porque somos incapaces de no aprovechar las aglomeraciones masivas para perpetrar una sarta de dislates de la convivencia. Cada cual observando la situación desde su pequeño reino de taifas moral y enjuiciándolo todo sin el tamiz democrático exigible, el que dicta los principios básicos de convivencia y es seña de identidad de la superioridad occidental frente a situaciones traumáticas como la vivida.

Lógicamente, cada cual reclama mucho respeto para aquellos que siente que le representan. Pero no escatima en improperios para los que representan a su vecino. Así, tras la manifestación de Barcelona, el rey se ha convertido en piedra arrojadiza, recibiendo un trato conmesurable con el que cada cual aplica al presidente del Gobierno (odiado/amado), o al de la Generalitat (amado/odiado) Este juego justiciero no sabe de bandos, solo de estrategias. Ignorar las aspiraciones independentistas usando la Constitución de burladero, puede resultar tan ofensivo y violento como imponer una semblanza de referéndum que usurpa un nombre al que no puede hacer honor. Porque, como en el caso de los atentados de Atocha, de semblanzas vamos. Semblanzas políticas de un país dividido en lo fundamental que ha desaprovechado 50 años para educarse en la democracia. Donde muchos demuestran, desde los medios a su alcance, que  por democracia entienden no el respeto a los cargos electos, no el apoyo a las instituciones y a sus símbolos ni la defensa de las minorías, sino una forma de violencia que se basa en la imposición de la mayoría y que auna siempre tres elementos en su receta; fomentar el miedo para ganar votos; negar el dialogo para evitar cualquier mesura en las exigencias, y actuar con radicalidad absoluta para maximizar ventajas.

Ha llegado el momento de reconocer que estos atentados nos separan en lugar de unirnos. Separan nuestras experiencias vitales y políticas, dividen y radicalizan al país a la hora de proponer alternativas y adoptar soluciones. Y en eso los terroristas tiene su recompensa. Logran un efecto directo más allá de las víctimas humanas, que rápidamente pasan a segundo plano. Causan un daño profundo que atenta contra el sistema. Cuando el sistema es lo que se supone que nos confiere superioridad y legitimidad. Que lo que en última instancia defendemos es nuestro sistema de vida y de convivencia. Un sistema en que las discrepancias son objeto de debate público y se someten a un proceso de superación en base a principios democráticos. Pero no creo que nadie pretenda que esta desunión y pelea de gallos que desplegamos con tanta soltura sea la esencia de lo que debemos defender frente a los ataques terroristas. Porque tal como lo practicamos es de dudosa superioridad. Así que cuando decidimos apoyar la deslegitimación de una manifestación de 500,000 personas al lema de “yo sí tengo miedo”, o aprovechamos una marcha de duelo y reafirmación para pitar al rey,  estamos luchando por hacer bandera de nuestras diferencias. Contribuimos a  dejar bien palpable que hay que anteponer la discrepancia a la unión y que cualquier momento es bueno para arrear una patada en la espinilla de nuestro contrario. Da igual que los cadáveres de las víctimas estén aún presentes, cada cual aprovecha para airear su pequeña o gran discrepancia.

Qué gran momento para callarse y entender en qué liturgia se participa y por qué. Hacer un ejercicio de reflexión, análisis y crítica. Justo lo que marca la diferencia con la exhibición de atavismos, prejuicios y partidismos con que explicamos al mundo que nosotros somos un parvenue de la democracia. Que no sabemos comportarnos como en casos similares en NY, Londres o París, en que el conjunto de la población cierra filas en torno a los símbolos, las instituciones y los representantes políticos.

Nuestra aspiración debiera ser perseverar en la proclamación de la cultura de la democracia y la libertad, exhibiendo la unidad propia de quienes han abrazo un sistema que se configura en base a ambos principios. Pero ello exige rendir las armas por el plazo de una tregua y sacrificar protagonismos, ateniéndonos a la literalidad de la forma de los símbolos con que nos distinguimos como sociedad. Y los políticos debieran contribuir a ese espíritu tomándose en serio su función, confrontando los problemas y las aspiraciones de todos los ciudadanos y no solo las de los que se identifican con ellos. Se gobierna a propios y ajenos y la política es el mundo de los  acuerdos, incluso los imposibles, para lograr consensos y superar diferencias. Pero sabemos que eso no ocurrirá. Preferimos, porque es más acorde con nuestro espíritu hiperbóreo y nuestra tradición, victimizarnos, descalificarnos y continuar con una variante local del tótum revelútum, que está aprendiendo rápidamente del avant-garde del despropósito que indoctrina Trump.

Así que es de esperar que tras el próximo atentado lleguemos por fin a la violencia callejera. Mucho habrán de cambiar las cosas para que no sea así. Por fin, daremos al traste con nuestra cultura, no porque ninguna nos invada como en la distopía de Houellebecq, no porque ejecutemos una eutanasia ejemplar fin de siglo o fin de raza. No, acabaremos con ella como en Fuenteovejuna; “entre todos la mataron y ella sola se murió”.

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