Mi asesor financiero es un robot, siempre supervisado por un ser humano

14/11/2017

Luis Garvía y Pablo Sanz, profesores de ICADE. Los ‘robo-advisors’ ya están entre nosotros...

Foto: ‘Robo Advisors Keyboard Button’, por Investment Zen, modificada (CC BY 2.0).

Ya están entre nosotros y es sólo el principio. Un robo-advisor es básicamente un programa informático, es decir, un conjunto de algoritmos que proporciona servicios de inversión a un cliente. Estos servicios pueden variar desde el exclusivo asesoramiento financiero, hasta la gestión completa de patrimonios, incluyendo la compra, la custodia y la venta de instrumentos, entre otras operaciones. Aunque el empleo de software como apoyo a la toma de decisiones financieras no es un fenómeno nuevo, los robo-advisors están siendo uno de los principales agentes del cambio provocado por la revolución Fintech, afectando estructuralmente a los mercados financieros y a la sociedad.

Ya en los años 80 se usaban de manera intensiva algoritmos informatizados para predecir el precio de los activos financieros. Un moralizante caso fue provocado por la fórmula de Fisher Black y Myron Scholes, un modelo matemático que permite valorar opciones y que fue difundido en 1973 por Robert C. Merton en su libro Theory of Rational Option Pricing. Era tanta la efectividad de la fórmula que fue calificada como la “fórmula de Midas”, por su capacidad para transformar en oro lo que tocaba. Pero el 19 de octubre de 1987 los ordenadores que estaban trabajando con la misma fórmula, bajo hipótesis similares, no fueron capaces de reaccionar ante la aparición de un cisne negro y, en apenas horas, los mercados perdieron un 20% de su valor. Desde entonces, tanto la tecnología como el riesgo sistémico asociado con su uso han evolucionado. A nivel global, hemos sufrido la crisis del 2008 y, a nivel local, cada vez son más frecuentes los denominados flash crash (movimientos bruscos de cotización). Por citar dos ejemplos recientes, el del oro del pasado 26 de junio o el de Ethereum (plataforma basada en Blockchain) del 22 de junio. Ahora, en lugar de caer un 20% los precios en horas, se producen caídas de más del 90% en minutos o incluso segundos.

Ahorran costes
En este contexto financiero y tecnológico, en el que el grado de complejidad aumenta, los reguladores y supervisores intentan cumplir con sus objetivos de protección de los inversores y conservación de la eficiencia de los mercados. La regulación obliga a las empresas de servicios de inversión a conocer mejor tanto a sus clientes como a sus productos, estableciendo procedimientos de seguimiento y control. Un ejemplo es la Directiva MiFid II que entrará en vigor en enero de 2018.  ¿Puede llegar un programa de ordenador a conocer a un cliente? La práctica jurídica financiera está demostrando que no solo sí puede, sino que, además, lo puede hacer con un coste mucho menor comparado con su competencia humana. Los robo-advisors, además de colaborar con el cumplimiento normativo (compliance), proporcionan al que los emplea una importante ventaja competitiva en costes.

Si se introduce en el análisis la cantidad de información disponible, tanto de clientes como de productos y mercado (Big Data), la ventaja competitiva se transforma en innovación disruptiva, dejando totalmente fuera de juego tanto al asesor financiero tradicional como al gestor de patrimonios. Comparando extremos, mientras éstos tienen que conocer y trabajar cliente por cliente, analizando productos determinados a los que previamente han dedicado un tiempo de estudio y seguimiento, el robo-advisor más sofisticado es capaz de gestionar un número ilimitado tanto de clientes como de productos financieros, proporcionando en paralelo, sin apenas esfuerzo, evidencias del correcto cumplimiento normativo. En este sentido, algunos robo-advisors están empezando a incluir herramientas de inteligencia artificial y autoaprendizaje profundo (machine learning y deep learning).

Popularizarán los servicios
La primera consecuencia de la llegada de los robo-advisors será el acceso a los servicios de inversión de personas y capitales que, en otras circunstancias, no podrían tenerlo. Según se popularicen estos servicios, el número de inversores y la cantidad invertida aumentarán, así como las empresas que proporcionen estos servicios. Con el tiempo, aquellos gestores que tengan mejores resultados y proporcionen mejor servicio ganarán cuota de mercado.

En principio, tanto los asesores financieros tradicionales como las empresas de servicios de inversión no deberían sentir estos cambios, ya que el perfil del cliente inicial es diferente. Adicionalmente, ya están empezando a dar parte de su servicio tradicional mediante el empleo de robo-advisors. Según el uso se popularice y aumente la oferta y la competitividad, las comisiones fijas y de servicio deberían ir disminuyendo, en favor de la variable por resultado.

La aparición de estos nuevos actores en el sector financiero no implicará la desaparición del ser humano en la profesión, ni mucho menos. La relación entre el robo-advisor y el cliente deberá estar supervisada, así como la gestión del producto financiero, permitiéndose la entrada desde la distancia en estas áreas de nuevos profesionales, tales como juristas expertos en nuevas tecnologías financieras y protección de datos; informáticos, o psicólogos, entre otros. El factor humano a nivel técnico seguirá estando presente, aunque todo tenga un grado mayor de complejidad.

Los robo-advisors ya están aquí y han venido para quedarse. Lo que hagamos con ellos en un futuro muy cercano, cómo los usemos y regulemos, determinará en gran medida el rumbo de nuestra economía.

 

Luis Garvía Vega y Pablo Sanz Bayón son profesores de Finanzas y de Derecho Mercantil, respectivamente, en la Universidad Pontificia de Comillas ICAI-ICADE.

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