El guiñol de sí mismo

17/11/2017

Joaquín Pérez Azaústre.

Gabriel Rufián se empeña en encarnarse en su caricatura. Cuando uno se convierte en su mejor y más clara imitación, con el trazo grotesco dilatado en ese fondo cóncavo y convexo que adelgaza el espíritu o lo achata, ha llegado el momento de dejar de mirarse en el espejo. Junto al embalsamado Joan Tardá, que otea un infinito inexistente mientras su compañero de escaño trata de incendiar el aire del Congreso con gasolina de moto de juguete, Rufián es un hombre que habla para sí mismo. No hay en su lenguaje corporal ni un solo movimiento que parezca auténtico, fruto de una cierta naturalidad generada en el aire y la conversación que lo rodea, sino una especie de esfuerzo mímico y vocal, acendrado y dramático, que se afana en cimentar. No resulta muy difícil imaginar a Rufián pasando largas horas delante del espejo, con ese tupé izado a lo Tintín y la camiseta ribeteada de elementos simbólicos, con la chupa de cuero calada en los hombros, hablándose a sí mismo y remarcando los gestos demorados de sus manos pequeñas junto a las palabras, con la barbilla ligeramente hacia abajo y la mirada buscando una profundidad inaccesible, más allá de una cierta fijeza de topo o de miope que necesita concentrarse en su objetivo para poder fijarlo, y entonces le habla.

Cuando no está en la caracterización, le da por sacar cosas. Primero fue una impresora, después han sido las esposas y mañana puede ser el fuerte de los clics, para denunciar la prisión que sufren las figuritas nacionalistas. El otro día, levantando las esposas, miró desafiante todo lo que él puede desafiar –el silencio, con su luz de vacío- y preguntó a la concurrencia si sabía lo que era eso. Claro, le silbaron. Porque la gente, muchos diputados incluidos, es más lista de lo que supone Rufián. “A algunos les gustaría verme con una de estas algún día”, empezó. Después, en plan James Dean sin gracia, trató de encararse con un sufrido Zoido y le espetó: “Míreme”. Como no se sentía correspondido, Rufián no se arredró: “¿Señor ministro, sabe qué es esto? Esto es su política, esto es su programa electoral, es el diálogo que aplicó su gobierno al Govern legítimo de Cataluña. Esto es lo que aplicó usted mismo a nuestros compañeros. Esto es lo que les colocó en las muñecas a nuestros compañeros (…). Ustedes nos han molido a palos, nosotros les moleremos a votos”. Se verá. Porque para que todo eso suceda, además de mentir, manipular y aspirar a ser un actor con método, tendría que trabajar.

A mí me gustaría ver a Rufián no con unas esposas, sino con una carpetita, con un montón de folios bajo el brazo, con un discurso íntegro, con una cierta capacidad oratoria no exenta de contenido que no se refocile en la bravuconada. En ciertos momentos de la vida todos podemos bajar la barbilla como Rufián e invitar al de enfrente a salir a la calle, pero para eso no se le paga un sueldo de varios miles de euros.

Zoido, que tiene más retranca y más recursos, y seguramente no requiere esas horas de ensayo de Rufián delante del espejo, le recordó su promesa pretérita en Twitter de abandonar su escaño a los 18 meses de las elecciones. “A lo mejor no le ha funcionado la impresora para imprimir su renuncia”. Pillado en falso, el falso chico rebelde se levantó, chupa al aire, bajó las escaleras y salió sin atender a los periodistas. Volverá, más él mismo que nunca, aunque ni el Actor’s Studio le haría salvar el papel.

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