‘El viento hace la veleta’: Alemania también llora

05/12/2017

Luis M. del Amo. El jovencísimo Tomás Cabané dirige en Madrid la obra del aclamado autor alemán Phillipp Löhle.

Alemania, la nación que, en el último siglo, ha sabido digerir dos derrotas mundiales, un desgarro territorial y su posterior reunificación, también llora. La irrupción de Internet, en las postrimerías del siglo XX, y sus consecuencias en el mundo del trabajo han alcanzado también al país germano. Y, como en el resto del mundo, esta revolución repercute con fuerza en el ámbito familiar.

Sobre este telón de fondo, Phillipp Löhle, el premiado autor alemán, que ha centrado su discurso en indagar teatralmente en las transformaciones ligadas al triunfo del sistema capitalista, escribió hace una docena de años, El viento hace la veleta, la obra que ahora puede verse en Madrid, en la sala del off capitalino, Nave 73, y que gira en torno a la citada evaporación del mundo laboral y familiar.

La obra, una sucesión de cuadros donde se recurre con frecuencia a la anacronía – en la primera parte son los hijos, recién nacidos incluso, quienes narran los avatares de la familia – se centra en esta irrupción de la llamada nueva economía, y en sus consecuencias para la vida familiar de la pareja de progenitores, Petra y Holger, y de sus dos retoños, finalmente emancipados.

El director, el jovencísimo Tomás Cabané –apenas un alumno de la Real Escuela de Arte Dramático de Madrid– acierta de forma notable en su montaje de la obra del alemán. Y demuestra en primer lugar una sorprendente madurez expresiva; no solo al controlar con mano férrea la puesta en escena del endiablado vaivén de sucesos; sino también, y quizá esto sea el reverso de aquel control, al desplegar un abanico de recursos, sencillo y efectivo, con el cual logra abarcar satisfactoriamente buena parte del contenido de la obra.

Una caja y una tela blanca

El director, que ha contado con Ángel Salamanca en la iluminación y Abbas Homaee en la dirección técnica, monta la acción en una escenario central, y en particular sobre una estructura, en forma de caja, uno de cuyos lados – normalmente al fondo – aparece recubierto con una tela blanca.

Esta caja, montada sobre ruedas, puede girar a voluntad, empujada por los propios actores. Y logra aglutinar los mil y un espacios donde discurre la vida familiar durante dos o tres décadas.

Pero además, cuando se le da la vuelta, la caja sirve también como telón de sombras, sobre el cual se proyectan siluetas. Un efecto que ofrece posibilidades expresivas muy  próximas a la abstracción, y que son bien aprovechadas por el joven director.

El otro punto fuerte de la obra reside en la interpretación, que corre a cargo, en el papel de los padres, de Inma Garzía Iván Luis, al que se suman Juan Paños (a turnos con Eloi Costa) y Ana Carril en los papeles de hijos.

Y hay que destacar aquí, no solo la atractiva ductilidad de Iván Luis, y su sugerente y sencilla composición del padre, sin ningún alarde aunque llena de interés; sino también la sensibilidad y agudeza de Ana Carril, en el papel de madre; y el entusiasmo y la precisión, especialmente en el caso de Inma Garzía, de los más jóvenes intérpretes.

Un trabajo en suma muy interesante. Y que constituye una rara oportunidad de ver en Madrid una puesta en escena a partir de la obra de Löhle.

Recomendable.

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