Constitución y futuro

06/12/2017

Joaquín Pérez Azaústre.

España es un país especialista en molerse los huesos, en afilar los filos de las bayonetas entre sus costillas. Desde la Guerra de la Independencia, España viene siendo un cuerpo golpeado a la búsqueda de un cadalso propio para darse garrote en mitad de la historia. Estos afanes de autodestrucción no siempre afloran en los temblores más severos, en las simas abiertas en mitad de la frente, sino que también laten bajo las bonanzas aparentes, como si no pudiéramos regalarnos ningún tiempo de tregua sin lanzarnos a la cabeza nuestras diferencias de ladrillo. Porque en España, a diferencia de en otros lugares, no ganamos territorios de convivencia sobre los que construir el día siguiente, sino que preferirnos enfangarnos en una reconstrucción muy poco generosa de cualquier pasado, especialmente del más edificante, como si no nos permitiéramos dar por sentada ninguna de nuestras conquistas colectivas, convivir y respirar tranquilos.

Durante más de 35 años, nuestro único logro compartido como ciudadanía y sociedad ha sido un relato épico de la Transición. Me gusta escribirlo así, en mayúscula: la Transición. Como todas las grandes narraciones, tiene fallas internas, guarda zonas de sombra, igual que Dostoievski, Cervantes, Balzac y Galdós. Todo lector atento puede encontrar en ellos grietas y temblor, pasajes que le sobren, hasta cambios de nombres y de identidades para los mismos personajes, suplantaciones inconscientes –o no- y valoraciones injustas. Pero ahí hay un relato que merece la pena ser salvado. Algo así sucede con la Transición, por mucho que unos pocos, que ni la han vivido ni han querido adentrarse en sus páginas airadas y terribles, pero también ardientes bajo el viento del pueblo, hayan querido despojarnos de él, molerlo a palos y cortarlo a tajos de bayoneta verbal. Nos habíamos dejado engañar: la Transición fue un apaño del hetero patriarcado, las grandes corporaciones, la CIA y el espíritu carnal de Francisco Franco.  Todo lo demás es arena arrojada sobre los adoquines, para una playa que nunca existió.

La cima de los hechos es la Constitución de 1978. Cómo vamos a celebrar la Ley suprema del Régimen del 78, si al llamarlo así lo situamos como continuación del franquismo. En eso estamos. Cómo vamos a vindicar el texto legal que ha supuesto el mayor tiempo de convivencia civil, democrática y pacífica entre los españoles. Para eso, nada mejor que poner la lupa sobre sus desaciertos, sobre los artículos que no se han desarrollado plenamente y aquellos que podríamos discutir en buena lid jurídica. Con cualquier buen escritor, uno asume el texto y después entabla una conversación interior con sus desavenencias. Pero en España no: aquí negamos la obra, la estética y la ética. Aquí derribamos su estatua del Retiro y sacamos sus libros a la pira. Porque es también la patria de Caín y aquí no nos andamos con miramientos si se trata de nosotros mismos.

No puedo estar de acuerdo. Estos 39 años han supuesto una acumulación de una edad nueva, de un presente limpio que nos permitido vivir mejor que como estábamos. No sostenemos ningún Régimen, y quien lo diga no sabe lo que fue la DGS. En España no hay presos políticos, sino políticos presos. Todo imperfecto, sí: pero vivible. No me gusta el abismo como alternativa, y mucho menos la llegada de los dinamiteros para el único tiempo que da lustre a una historia, la nuestra, tan bregada de sangre y de exilios sonoros. Revisemos, cambiemos. Pero sumemos siempre. Y frente a quienes todo lo cuestionan, por principio, que disparan sin ver y sin mirar, es hora de avanzar sobre lo que tenemos sin quemar el pasado.

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