Los años invencibles de Lauren García

19/12/2017

Joaquín Pérez Azaústre.

Lauren García escribe desde el corazón de la piedra, con esa carga adusta y melancólica de quien porta en su mirada un paisaje. No es solamente Asturias, no es solamente ese territorio accidentado con sus dientes de tierra, la médula espinal de roca sauria que se encrespa en los riscos, que se corta en el mar con un gran tajo de magma y cristal vivos de pureza. Es también Madrid en las madrugadas por Moncloa, todas esas noches en que volvías a casa con el primer clarear sobre la acera húmeda y pasabas delante de los edificios con las conserjerías vacías y los sofás esparcidos en un recibidor que jamás acogería visita alguna, en esas señoronas entradas alfombradas en las que nadie daría la bienvenida, mientras la vida gasta su espiral en ese recorrido de las hojas al crujir de silencio. Algo de esto hay en la mirada grave y melancólica de un hombre que asiste al fin de su juventud en dos libros de poemas espléndidos: Versos como sangre hirviendo (Verbum, 2005) y El castigo de los ángeles (Quaderna Via 2014).

A estas alturas de la lectura, una de mis exigencias fundamentales cuando me enfrento a un libro es que me encuentre la soledad de un latido que aún pueda escucharse, una mujer o un hombre que salgan al encuentro de su realidad y sepan afrontarla con hondura y verdad. No significa eso que sea el único valor, pero lo aprecio por encima de otros muchos; porque dentro de un nivel más o menos relevante de pericia técnica, de ritmo verbal o imágenes que me hagan volar en la lectura, la honestidad en el tono de una voz me hace detenerme en la expresión de un hombre, de una mujer que también hierve y sangra, como todos sangramos y hervimos en sonoro silencio, como todos temblamos al leer versos que nos nombran, que nos sacan de nuestras viejas heridas para cicatrizarlas, incluso cuando pensábamos que se habían fundido con la piel, que se habían suturado desde dentro; no era verdad, porque la auténtica poesía –y la de Lauren García lo es- viene a remover nuestras aguas tranquilas, a sacudir los lechos asentados de un río que de pronto remonta y toma impulso hacia nuestras retinas, reescribiéndolas por dentro al recordarnos lo que fuimos.

Poemas poderosos como el que da título al primero de los libros, pero también Sangre, Un día cualquiera vivo o Años invencibles son una elegía de la juventud perdida, como paraíso madrileño que se vivió con una carga de recuerdo, esa vida dejada entre valles febriles de prados y lagares, siempre en la ensoñación. Visión del asturcón es un extraordinario poema –“Nací en una tierra / tan firme como indómita. / Y por mi infancia / van en tropel caballos libres / hacia las cumbres que yo veía inalcanzables. / Por la senda secreta / por la que van los sueños / van los asturcones / peinados por el viento. / En tus pinceladas / se abraza el aire del amanecer. / Nací en una tierra / tan firme como indómita. / Y cuando me vaya, / cuando tenga un único paso que dar, / quiero ver los resquicios de niebla / que dejan los caballos al galope.” Y también Estación del norte, ese gran poema que todos los estudiantes que hemos sido jóvenes poetas dedicamos un día a la estación de salida del resto de nuestras vidas, que era dejar atrás la casa y las primeras amantes, la infancia con su pérdida del fuego, los viejos que amábamos –“En la estación del norte / hay ancianos que trazan mapas desdibujados / hacia una chimenea / en la que arde con parsimonia el tiempo”- y guardaban el instante que fuimos, mientras en Madrid apagábamos todas las farolas que encendía la noche.

Como una larga firma contra la muerte, aquí hay un canto de pérdida: hay tristeza y hay devastación en los poemas de Lauren García. Sin embargo, de alguna forma encuentra luz entre las cenizas. Porque es también un canto de animosa victoria sobre la mediocridad rampante de la vida, una celebración de estar aún vivos y con capacidad para brindar sobre las ruinas del pasado.

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