Hay un universo mítico en la poesía de Rubén Rodríguez, una transparencia en los perfiles que nos muestra el espejo natural del origen con una nitidez dura y cortante. En cuanto uno comienza la lectura de Parque de ídolos (Difácil, 2009), se encuentra con un mundo familiar: fuego crepuscular, noches tabernarias, puertos ensoñados y burdeles acuáticos en la luz submarina. Estamos en Alejandría, en Kavafis, en Grecia y Roma. O de otra manera, si miramos entre la celosía de nuestra tradición más cercana, la rama novísima más grecolatina, representada especialmente por la obra de José María Álvarez –estupendos sus libros más recientes, como Sobre la delicadeza de gusto y pasión, y no en vano el traductor más popular de Kavafis- y el Luis Antonio de Villena de Proyecto para escavar una villa romana en el páramo o su breve y evocador Caída de imperios. Estamos ante un mundo derruido, en la reminiscencia de unas voces que podrían llegar hasta nosotros tiznadas de ceniza o nieve oscura, pero que en la poesía de Rubén Rodríguez alcanzan una extraña contundencia de palabras limadas por el tiempo.
Cuando pasamos por las tres secciones –Habla Kavafis, Odiseo & Calipso y Parque de ídolos, que da título al libro- no tenemos la impresión de estar asistiendo a la lectura de inscripciones lejanas en latín y griego, erosionadas ya por el azote abrasador del viento y de la arena del desierto que al final todo cubre y anega con su mar árido y seco, sino al momento mismo en el que fueron talladas en la piedra. Vemos esas manos, sentimos el impulso que las hacen moverse. Es uno de los logros principales de muchos de estos poemas: no ya su actualidad, que podría ser –nada más actual, siempre, que Homero y Esquilo- sino su presente inmediato, la posibilidad de vivir la inmediatez en la que fueron escritas. Son poemas no ya en presente, que también, sino presentes: son y están, suceden ahora mismo, no están desgastados por los golpes de lluvia, el frío y el calor, las lentas estaciones, sino que se están escribiendo justo en el momento de leerlos.
El dios abandona a Antonio se emparenta, en esa carne antigua de la historia, con La batalla de Queronea y Filipo de Macedonia condenado a su papel de padre y de benefactor, porque la gloria quedará en las manos briosas de su hijo Alejandro; Las murallas no pueden librarnos de la vida de taberna, del vicio y del placer oscuro de vivir, porque si “Volar es nuestro anhelo, / caer nuestro triunfo”. Pero ahora es Odiseo el que nos habla, en pugna con Calipso, con ese cuerpo firme entre sus brazos: la espera se condensa para siempre con “tu tierna esperanza herida”, Penélope de carne y temblor dulce “en este profundo sueño / de las lejanas habitaciones”, en La espera. Quién reclama ahora el mando del imperio del poema, con Cincinato escapando de su propio destino, porque no eligió “beber de estas lejanas fuentes, / comer en platos rebosantes / e ir de tarde en tarde al foro y al Senado”. Caeremos como Julio César a los pies de la estatua de Pompeyo, porque La traición es el poema que nunca ha terminado de escribirse, que está en la piel más viva de arenisca y hace que los amigos se interroguen a través de los años. Y todo con esa dura transparencia de palabras talladas a buril.
La poesía -no sólo kafaviana- de Rubén Rodríguez es autobiografía borrosa que nos habla en la claridad del mito. Éramos –una vez fuimos- jóvenes guerreros de Flandes y la noche, temerarios activos de un temblor que nos hizo cantar en las luces del mundo.
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