La alegría de lo imperfecto

03/01/2018

Joaquín Pérez Azaústre.

La alegría de lo imperfecto es una credencial natural de vivir, una necesidad de contemplar el matiz con su prosa incompleta. Quien aspira a la perfección se deja atrás la sal cortante de los días, esa arenisca dura y cálida a la vez que nos raspa la piel, nos la desgasta, y al mismo tiempo la vuelve permeable. Algo o mucho de esto encontramos en el libro de aforismos La alegría de lo imperfecto (Trea), que me acompaña al comenzar el año como me acompañó, para cerrarlo, otro del mismo autor: El baile del diablo (Renacimiento). Hablamos de Javier Sánchez Menéndez, que es un poeta de hondura y claridad verbal, con una reflexión que es pan de años amasado con dedos curtidos en la luz, pero también en la sombra del acabamiento y el dolor. Se trata de dos libros autónomos que, como en todo gran poeta, pueden leerse como un diálogo interior entre ellos, y también con los otros libros anteriores del autor, que con su proyecto Fábula levanta una obra en marcha que quizá alcanzó su cima, hasta ahora, en Mediodía en Kensington Park, que era un deslumbramiento en el paisaje detenido de lo cotidiano.

La alegría de lo imperfecto guarda un tejido interno de revelación y verdad en los aforismos. Dividido en tres partes que bien podrían ser los títulos de otros tantos libros –Artilugios, El orgullo de los necios y Vanidades-, aquí se nos dicen verdades tan rotundas, tan rocosas de sentido y áspero conocimiento como “La realidad no es bella, es verdadera”; “El poeta esencial desnuda el aire”; “Todas las conclusiones suelen ser una pérdida”; “La duración es una acción humilde”; “Cuando nos falta el orden aparece la vida”; “Si miramos de cerca lo primero que observamos es la lejanía”; “Si logras pasar desapercibido ante ti es que estás vivo”; “Si has dejado de ser es que eres alguien”; “La primera persona que merece sinceridad es tu propia sombra”; “No podremos amar si nunca hemos soñado”; “Buscamos en la poesía lo que nos roba la vida en sueños”; “Nunca dejes de amar aquello que no importa”; “Fumo para alimentar el aire de recuerdos”; “Todo camino hacia la verdad está repleto de medias mentiras”; “No se muere quien nos deja, sino a quién olvidamos”; “La música y la poesía son el beso de la pintura en el arte”; “La poesía no es una ley, es la ley”; “Los muertos son sombras y los vivos apariencias”; “El azar es el poema inacabado que se hace imprescindible”; “Sólo aparece la verdadera literatura cuando te alejas de todo aquello que huela a literatura” o “La auténtica belleza suele ser la alegría de lo imperfecto”.

La desnudez y el despojamiento propios del aforismo aquí están cargados de certeza. Hay también ingenio, pero lo que conmueve es la veracidad de vivir y haber vivido. Empezando porque la existencia no es hermosa, sino verdadera, pasando por la esencialidad del poema y el imprescindible alejamiento de uno mismo para poder contemplar el campo abierto de la realidad. Es una de las ideas troncales de este libro intenso y breve: si te aproximas para mirar -y mirarte- de cerca, lo primero que ves es la lejanía: la amplitud de los otros. Y lo confesional nos deja de importar, porque ya se diluye en el paisaje. En contra de la idea frecuente del intimismo radical en poesía, aquí hay una radicalidad del alejamiento que nos hace pensar en nuestras vanidades, nos las sacuden y las dejan atrás. Es casi un espíritu, un nervio de vida: dejemos de mirarnos y veremos más lejos. Maravilla y verdad.

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