El entierro de Diana Quer

11/01/2018

Joaquín Pérez Azaústre.

A Diana Quer llevamos varios meses o un año enterrándola y ahora le estamos dando la puntilla. No es nada verdaderamente nuevo: el formato de una narración puede constituir un segundo crimen. No comprable al primero, está claro, no comparable en ningún caso al sufrimiento provocado por el conocimiento del dolor, por el temblor que los familiares imaginarán en la víctima, con su indefensión sobrevenida cuando el golpe sacude el corazón de una casa. Pero en la manera de contarlo, en el tono digerido a través de las palabras, en el ritmo acendrado de un sensacionalismo deglutido por entregas carnívoras, puede sentirse casi una segunda muerte y un primer entierro, a lo largo de un desmenuzamiento lento no ya de una vida, sino de su recuerdo y su nombre.

Es lo que ha pasado, es lo que hemos vivido con la muerte de Diana Quer. Se nos han vuelto habituales en la retina las imágenes de su rutilante juventud, con esos posados junto a un yate atracado en un puerto y su melena oscura, rizada sobre sus ojos grandes, ojos negros de vida que empezaba a extenderse sobre su plenitud, porque la muchacha tenía dieciocho años. Se han escuchado suposiciones –no ahora, sino hace meses- sobre su personalidad, se ha especulado con la posibilidad de que se hubiera fugado de su casa, se ha analizado hasta la saciedad su situación familiar y el perfil de sus padres divorciados. Nos hemos acostumbrado al rostro doliente de su madre, como un eco agrietado del rostro de la hija, y hemos visto al padre entre fotógrafos con un aire marcial, como si la desaparición de la niña fuera una bola de plomo que se pudieran lanzar entre ellos silenciosamente, con su carga interna de reproche o de condenación. Todo esto lo hemos visto y lo hemos digerido como hacemos con todo, preparados para la siguiente bocanada de realidad. Ahora se ha descubierto que más allá de hipótesis más o menos novelizadas el asesino era el hombre que parecía el asesino, y que como al final de Un tranvía llamado deseo, para que una mujer admita que su marido acaba de violar a su hermana tiene que estar dispuesta a separarse de él, porque la alternativa es enviar a la hermana al psiquiátrico. Pero todo muy sucio, todo muy cutre y repugnante.

Hoy la entierran y la familia emite un comunicado. Ojalá puedan comenzar a descansar, aunque la pesadilla parezca interminable en el noticiario cotidiano. Quizá el hartazgo independentista nos ha dejado encima una voracidad -que ya teníamos- por consumir cualquier otro tipo de noticias. Mientras tanto, que descansen su cuerpo y su memoria. Que descanse su nombre y que la dejen en paz.

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