Un cambio productivo para el empleo

18/01/2018

José María Triper.

Se puede ver la botella medio llena o medio vacía, que todo es del color del cristal con que se mira, pero los datos finales de empleo del año recientemente terminado, aun siendo globalmente satisfactorios, muestran ciertos síntomas de desaceleración y algunos elementos preocupantes. Cierto es que 2017 cierra con el quinto descenso anual consecutivo del paro registrado, pero también que la caída es inferior a la de los dos años anteriores y en nada menos que 100.000 personas con respecto a la de 2016. Además de que desde agosto a noviembre las cifras de desempleados han roto su tendencia ininterrumpida a la baja para mostrar nuevos aumentos de parados. E, incluso en diciembre, a pesar del repunte del comercio por las Navidades, el descenso del paro ha sido inferior al del mismo de un año antes en más de 25.000 personas.

Pero, sin querer entrar en el debate de si se trata de un hecho coyuntural o el inicio de un cambio de tendencia lo más preocupante de este resultado no es el dato en sí, sino lo que subyace detrás de estas cifras, que, ciertamente refrendan un comportamiento típico, previsible y coherente con el fin de una campaña estival de récord y la incertidumbre generada por la situación en Cataluña,  pero, precisamente eso es lo grave de estos datos, que la evolución de empleo en nuestro país sigue dependiendo del turismo en la temporada de verano y del comercio a fin de año por las festividades navideñas.

A ellos hay que añadir el nuevo repunte de la construcción, impulsado por el sector residencial, es decir el ladrillo, con crecimientos porcentuales próximos a los dos dígitos en los dos últimos años, mientras la obra civil sigue cosechando descensos interanuales por los recortes en las políticas de inversión en infraestructuras de las Administraciones.

Y es grave porque esto revela que no se ha producido el imprescindible cambio de modelo productivo que necesita este país y que seguimos teniendo un crecimiento económico basado exclusivamente en la construcción y en los s servicios. Los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), muestran como la industria aporta hoy sólo el 17,1 por ciento del PIB nacional, una décima menos que en el año 2010 en plena crisis económica, y prácticamente la mitad de su contribución en 1970 cuando llegó a representar el 34 por ciento del PIB.  Todo lo contrario que ocurre en los servicios cuya aportación al conjunto de la economía ha pasado del 46,2 por ciento en 1970 al 74,1 por ciento al cierre de 2016. Evolución similar se observa en el empleo con caída del industrial desde el 25,3 por ciento del total en 1970 a únicamente el 13,9 por ciento hoy, mientras que en los servicios ha pasado del 36,5 al 75,8 por ciento en el mismo periodo.

Y no es malo ser un país de servicios, lo negativo es ser un país de servicios de baja capacitación y escaso valor añadido. La historia reciente demuestra que para mantener un crecimiento sostenible y sostenido en el tiempo necesitan empleo estable y de calidad y para eso hoy es imprescindible impulsar la apuesta por las nuevas tecnologías, las políticas de investigación, innovación y desarrollo, la educación, la formación en las empresas y potenciar la internacionalización de las empresas. Eso es lo que demandan las sociedades desarrolladas, el mercado global y la garantía de futuro.

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