Los antipríncipes

11/05/2018

José María Triper.

Si algo deja muy claro el reciente barómetro del CIS, aparte de la continuidad de una España ingobernable si hubiera hoy elecciones, es la cada vez más alarmante desafección de una mayoría de la sociedad hacia los partidos y, sobre todo, hacia sus líderes, que a la vista de los resultados están cada vez más alejados de la sociedad a la que debería atender y dirigir.

Que el PP y el PSOE cosechen los peores resultados de su historia y sigan mirándose el ombligo, es preocupante.  Como lo es también que Podemos se felicite de su estancamiento y Ciudadanos haga gala de euforia y de soberbia por una escalada en intención – de momento es solo eso- de voto que obedece más al descrédito de los ajenos que a los méritos propios.  Una mera opción del mal menor que no de confianza y convicción.

“No estamos al cabo de la calle”, admitía Mario Garcés, secretario de Estado de Servicios Sociales e Igualdad, durante su reciente participación en los desayunos de The Experience Club. Una enfermedad cuyas causas atribuía a que “en los partidos políticos están proliferando estructuras de supervivencia y estamos perdiendo el enganche con la ideología”. Una reflexión acertada que aqueja tanto a los partidos tradicionales como a los nuevos, que en eso como en casi todo se diferencian muy poco o nada. Porque como concluía el propio Mario Garcés, el binomio entre nueva y vieja política no existe. “Sólo hay buena política y mala política”.

Un político joven, distinto, con un currículum académico impresionante y cierto, que ha hecho sus pinitos en la música y el cine y cuyo último libro publicado, El Antiprincipe, el reflejo esperpéntico de El Príncipe de Maquiavelo, y calificativo que les viene al pelo a los aparentemente líderes de las cuatro primeras formaciones con representación parlamentaria, calificados todos ellos con un rotundo suspenso por los ciudadanos en el citado barómetro del CIS.

Cierto es que tanto Rajoy como Sánchez, Iglesias y Rivera coinciden con el personaje de Maquiavelo en que para algunos de ellos el fin sí justifica los medios. Sin embargo carecen del carisma necesario, en algún caso; de sentido del Estado o de ambas cosas a la vez. Sólo así puede explicarse que a pesar de los continuos escándalos en que aparecen implicados sus dirigentes la sangría de votos del Partido Popular no sea suficiente para impedir que se mantenga como primera fuerza política en intención.

Esa es también la razón por la que por primera vez en la historia el primer partido de la oposición no se beneficia del desgaste del Gobierno sino que también sigue cuesta abajo en la rodada y baje del segundo al tercer lugar del podio. Como también es esta la causa de que Ciudadanos, pese a su ascensión aparente, siga sin generar la confianza suficiente entre los ciudadanos de centro derecha y centro izquierda que son la mayoría sociológica de este país.

Y en podemos sólo hace falta mirar el caudillismo dictatorial de su primer espada, las divisiones internas y purgas en su cúpula y el caos de la gestión en los sitios que gobierna para entender un estancamiento que se sostiene sólo por la incapacidad y falta de proyecto del PSOE para recuperar el voto perdido por la izquierda.

Decía también Mario Garcés que “cuando alguien se equivoca hay que ser humilde”.  Virtud que, a la vista está, les falta a estos Antipríncipes y a sus séquitos para hacer crítica a la vista de los resultados de las encuestas que se vienen produciendo y recuperar la perspectiva social que unos perdieron hace tiempo y otros no han tenido nunca.

 

 

 

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