La vanidad de un genio

27/05/2018

Luis Sánchez-Merlo. He tenido la ocasión de estar a la mira de la cultura, estilo y valores del Madrid, en desplazamientos sucesivos a Paris, Turín y Múnich, donde fui testigo de victorias inapelables frente a los campeones de Francia, Italia y Alemania.

Esta experiencia me permitió disfrutar desde un punto de vista sociológico, pero también comprobar el funcionamiento de la sala de máquinas (seguridad, logística, protocolo), del equipo considerado por la Federación Internacional de Historia y Estadísticas del Futbol “mejor club del s.XX”. Hoy, con un presupuesto anual de 700 millones de euros y una plantilla de 400 trabajadores.

No pude viajar a Kiev tras una operación que desaconsejaba diez horas de vuelo en un mismo día, para haber disfrutado de tantas emociones y, de paso, visitado la plaza Maidan, corazón de las protestas del 2013.

El Real Madrid ha ganado su tercera Champions consecutiva, récord extraordinario para el palmarés del equipo que más veces ha levantado la mítica copa.

La “orejona” viajó de madrugada al Adolfo Suarez Madrid Barajas, para alegría de muchos, que festejan un segundo éxito, sin solución de continuidad, después del rotundo triunfo del Atlético de Madrid, frente al Olympique de Marseille en Lyon, que le supuso la conquista de la Europa League. Y las cosas que tiene la vida, como recuerda un mensaje de medianoche: “los equipos madrileños, campeones de Europa y el Barcelona, campeón de España”.

Triunfos necesarios, portentosos y prueba infalible de la superioridad española en el futbol europeo. Éxitos coincidentes en el tiempo con contratiempos que tienen que ver con actitudes incomprensibles, por parte de nuestros socios y aliados.

Pero estas conquistas, vistas por cientos de millones de televidentes en todo el mundo, suponen un aporte de energía positiva que, de momento, compensa el desconsuelo.

Aunque el triunfo del Madrid en Kiev ha sido indiscutible, de nuevo la prensa anglosajona, en este caso The Guardian, se ha descolgado con una crónica del partido como si de una película de 1939 se tratase. Los buenos: ingleses y galeses frente a los malos: alemanes y españoles.

En esta ocasión, cargando la mano a cuenta de la retirada del campo, con el hombro lastimado, de un magnifico jugador, Mohamed Salah, tras el choque con Sergio Ramos en la disputa de un balón aéreo. Lesión no imputable al defensa central blanco, pues es el jugador egipcio quien mete el brazo.

Pero la sorpresa no saltó hasta el final del partido, cuando los aficionados madridistas que se habían desplazado hasta la capital de Ucrania, acompañando a su equipo, celebraban el triunfo, en el Estadio Olímpico de Kiev, con los jugadores que habían sudado a base de bien la camiseta.

En ese preciso momento, Cristiano Ronaldo, (CR) que se inhibió de celebrar la victoria de su equipo, declaró a los micrófonos de la televisión: “Fue muy bonito jugar en el Real Madrid. En los próximos días hablaré”, poniendo en duda su continuidad en el club, mientras bebía a morro una botella de agua, dando a entender que tiene decisiones tomadas sobre su futuro ¿Un simple calentón?

La sorpresa no deja de ser relativa pues es sabido que CR tiene dos cuestiones pendientes de cerrar: la pretendida mejora de sus condiciones económicas y los problemas fiscales con la Agencia Tributaria.

No marcó en Kiev y, habida cuenta de su avidez, no digirió bien que la gloria de la final se aplicase a un jugador, descartado en la alineación inicial, que marcó dos goles, uno de ellos una chilena de leyenda.

No pudo escoger un día menos apropiado para descargar su memorial de agravios, apuntando a desdichas y, en el fondo, a una infelicidad difícil de explicar. Una agenda con más dinero, menos presión tributaria y más respaldo del club en sus problemas con Hacienda.

El bombazo que ha soltado el jugador portugués ha sido el aciago corolario del éxito. Quizás no haya calibrado que mucha masa social no concibe ni el fondo ni la forma, ni el momento escogido ni la furia con la que ha echado el órdago.

Es posible que, en sus cálculos, pese a que le quedan pocos años productivos, su pretensión de maximizar ingresos, le lleve a desplazar sus intereses a un mercado publicitario más lucrativo que España.

En el extremo opuesto, el tímido Zidane, que quebró su templanza con aquel sorprendente cabezazo a Materazzi, y en esta ocasión ha vuelto a hacer un despliegue de pudor y modestia, si contar que se trata de su tercer triunfo consecutivo, como entrenador, en una competición durísima como la Champions, donde se enfrentan los mejores.

Para las fotos, se coloca en un extremo con la intención de no robar protagonismo a sus jugadores, no toma en sus manos la copa para pasearla por el campo, sonríe corito y muestra un fondo vergonzoso para no tener que asentir a elogios y méritos, que él rebota a los que han peleado para alzarse con el triunfo.

Entramos, otra vez, en el terreno de los valores. El director del equipo no habla de dinero ni de cuestiones personales, se circunscribe al terreno deportivo, a la hazaña de sus jugadores, al sacrificio que hay detrás de estos éxitos y al brillo de la institución que está por encima de todos ellos.

No cabe precipitar hechos finales y no es seguro que Cristiano Ronaldo se termine yendo, a pesar de la advertencia, pero queda en el recuerdo el comportamiento infantil de quien, queriendo acapararlo todo, se ha dedicado a llamar la atención para que las luces no se las queden los que las merecen hoy.

Con su comportamiento y falta de solidaridad, el 7 ha incomodado al equipo, de arriba abajo, a los que ha tocado hacer de tripas corazón, disimulando el disgusto cuando les han preguntado. Esto no aumenta el déficit de aprecio, del que a veces se queja, sino más bien lo contrario.

Era un momento de celebración, de brindar el triunfo a los seguidores y no de interponer la agenda personal. Hay momentos para todo, y una entrevista nada más finalizado un logro histórico para un conjunto del que forma parte y en el que debe actuar como líder, no es el momento.

Ha cometido un error que le perseguirá, como la chilena de Turín y tantas otras genialidades de una pasmosa carrera deportiva, pero ha perdido una magnifica ocasión para camuflar la soberbia, el egoísmo y la falta de sentido de la oportunidad.

Por grande que sea un jugador, y Cristiano Ronaldo lo es, no en vano sus goles han permitido llegar a la final y al equipo sumar su decimotercera copa, mucho más importante es la institución.

La virtuosa contención está reñida con la vanidad, que termina condenando, a quien sucumbe, a la insignificancia.

 

 

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