Lo dice la Biblia, en una frase atribuida al rey Salomón: «nihil novum sub sole», «nada nuevo bajo el sol» (Eclesiástes 1, 9). Y también la canción de Los Bunkers, entre otros. Las escaramuzas comerciales de EEUU con China son un buen ejemplo de ello. Donald Trump no ha inventado nada. O no hay nada nuevo bajo el sol del actual presidente de EEUU.
El 15 de junio, la Casa Blanca hacía pública la imposición de aranceles del 25% a «tecnologías industrialmente significativas» procedentes de China. La decisión se justifica «a la luz del robo de propiedad intelectual y tecnológica y otras prácticas comerciales injustas» y en que estos aranceles «son esenciales para prevenir mayores transferencias injustas de tecnología y propiedad intelectual estadounidense a China, y para proteger empleos en EEUU».
La decisión la tomó Trump el jueves 14 de junio en una reunión en la Casa Blanca con su secretario de Comercio, Wilbur Ross; su secretario del Tesoro, Steven Mnuchin; y su responsable de Comercio Exterior, Robert Lighthizer.
China ya ha anunciado que «si EEUU toma medidas unilaterales y proteccionistas que dañen los intereses chinos responderemos inmediatamente tomando las decisiones que sean necesarias para salvaguardar nuestros legítimos derechos e intereses».
Trump ha puesto en entredicho el comercio internacional con restricciones que directamente afectan a la economía global y ponen en tela de juicio su relación con China y Europa. La norma de la polémica política estadounidense establece nuevos aranceles al acero y al aluminio, del 25% y 10% respectivamente. En este escenario, si las negociaciones no se traducen en exenciones entre las principales potencias y las denuncias ante la Organización Mundial del Comercio (OMC) no surten efecto, las represalias en forma de aranceles o monedas devaluadas desencadenarán en una nueva guerra comercial.
La tradición proteccionista
Pero el pulso comercial entre EEUU y China no es precisamente nuevo, como tampoco lo son las medidas proteccionistas. En 2009, el antecesor de Trump en la Casa Blanca, Barack Obama, penalizó la entrada de neumáticos chinos con un arancel del 35%. China contraatacó con aranceles a importaciones de pollo y automóviles.
El mercado internacional de pollo también sufrió un vuelco con la restricción de la UE a las importaciones de pollo clorado de EEUU por razones de seguridad alimentaria. Esta medida se basaba en que EEUU ocultaba mediante el lavado en agua clorada posibles deficiencias en las granjas avícolas. Sin embargo, en EEUU la decisión fue considerada una barrera no arancelaria para restar competitividad al pollo estadounidense, mucho más barato que el europeo.
En 2002 George Bush fijó un arancel del 15% a la importación de productos siderúrgicos y del 30% a determinados acabados de acero, con exenciones a Canadá y México. La medida pudo favorecer ciertas industrias, pero fue nefasta para otras que dependían del acero. Tras la intervención de la OMC, esta medida fue eliminada y se impusieron sanciones arancelarias a favor de los países más afectados.
Las guerras comerciales del siglo XXI en EEUU comienzan con la Enmienda Byrd. La ley promovida por el senador Robert Byrd sancionaba a empresas extranjeras que habían sido acusadas de dumping. Los fondos recaudados de las sanciones se repartían entre las compañías estadounidenses que hubiesen denunciado esta práctica. Canadá, México, la UE, Chile, Brasil, India, Japón y Corea cuestionaron la legalidad de esta normat ante la OMC, acusándola de subvención encubierta a empresas estadounidenses. Mientras llegaron las sanciones arancelarias de la OMC, los países más afectados (México, Canadá, la Unión Europea o Japón) iniciaron la batalla por su cuenta. En el caso de Japón, impuso el 15% a las importaciones de acero estadounidenses mientras siguiera vigente la ley antidumping. Lo estuvo hasta 2007.
La batalla por el liderazgo en la producción de aeronaves entre los dos principales fabricantes también llevó a enfrentamiento comercial a EEUU y la Unión Europea. En 2005, la Casa Blanca denunció ante la OMC la concesión de ayudas públicas injustificadas a Airbus. Bruselas reaccionó haciendo públicas subvenciones recibidas por Boeing en EEUU. Eese mismo año se inició otra disputa similar entre Canadá y Brasil por sus dos principales fabricantes aeronáuticos, Bombardier y Embraer.
La «madre de todas las guerras comerciales «vino con la regulación proteccionista nacida nada más iniciarse la Gran Depresión del 29. En junio de 1930, se aprueba en EEUU la Ley Hawley-Smoot que disparó los aranceles de más de 20.000 productos agrícolas e industriales como medida para paliar los efectos de la crisis iniciada con el desplome de Wall Street en octubre de 1929.
Las represalias de los hasta entonces socios comerciales de EEUU no tardaron en llegar, elevando a su vez sus aranceles. Esto agravó todavía más la mermada situación de la economía estadounidense, hasta que las medidas proteccionistas fueron suavizadas por Roosevelt a partir de 1934.
Imposición de medidas
«En un mundo tan globalizado, el comercio entre fronteras juega un papel fundamental para las economías de los países importadores y exportadores. Nunca llueve a gusto de todos, y cuando se trata de vender o comprar fuera, un paso en falso puede hacer temblar más de un sector», explica Self Bank en su blog. «Las guerras comerciales han acontecido a lo largo de la historia en repetidas ocasiones y bajo infinidad de variopintas regulaciones», añade.
Los expertos del banco online recuerdan que «los aranceles no han sido las únicas barreras que han tenido que escalar los bienes exportados». «Existen medidas no arancelarias que camuflan una restricción directa al comercio exterior como pueda ser la implantación de nuevas normas sanitarias, nuevos requisitos de calidad, devaluación de divisas, subsidios a la producción nacional, acuerdos bilaterales entre países, entre otras», explican.
Definen una guerra comercial como «la imposición de medidas restrictivas al comercio entre naciones». «Nace de la decisión unilateral de un país de restringir sus importaciones, seguida de medidas similares de los países exportadores afectados, como represalia. Pronto se convierte en una espiral de restricciones arancelarias que expande y termina perjudicando a la economía de todas las partes implicadas», recalcan.
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