La amenaza exterior

13/09/2018

José María Triper.

Los principales organismos internacionales, los servicios de estudios públicos y privados y los analistas coinciden hoy en dibujar un panorama de ralentización generalizada en casi todos los indicadores básico de nuestra economía que empieza a desembocar en una pérdida de competitividad que tiene su reflejo en el frenazo de las exportaciones, que en el primer semestre registran un práctico estancamiento – aumentan el 0,1 por ciento en términos reales- y ya crecen por debajo del PIB volviendo a restar décimas de crecimiento a nuestro crecimiento.

Un elemento preocupante si tenemos en cuenta que el dinamismo de nuestras exportaciones e inversiones exteriores ha sido un elemento clave para que la economía española esté a punto de sumar cinco años consecutivos de mejora, con incrementos en el entorno del 3 por ciento liderando el crecimiento de las economías desarrolladas.  Al tiempo que España ha pasado de registrar el déficit exterior más elevado de la OCDE (un 10 por ciento  del PIB en 2007) a alcanzar diez años después superávit exterior que se aproxima al 2 por ciento del PIB, el mayor de nuestra historia contemporánea.

Y más alarmante aun cuando los números, que como el algodón no engañan el tirón del sector exterior que no sólo ha sido el motor que ha permitido mantener a flote el buque de la economía española, sino que sigue manteniendo un papel primordial en la recuperación y como impulsor del crecimiento.

Pero, reconociendo esta cambio de tendencia, que se refleja también en el turismo, y como siempre en economía, antes de rasgarse las vestiduras y lanzar mensajes alarmistas, profundizar en el análisis de las causas de este freno y marcha atrás que, hoy y ahora, son en su mayor parte exógenas a la propia evolución económica de España.

En este sentido vemos como el volumen de comercio internacional se está desacelerando y las tendencias proteccionistas que están apareciendo en muchos países así como el estancamiento de los tratados de liberalización y la desaceleración en las principales economías de la UE hacia las que se dirigen el 66,5 por ciento de todas nuestras ventas exteriores son factores que amenazan la estabilidad del comercio internacional y el crecimiento.

Elementos distorsionantes estos que vienen, además, acompañados por otros vientos de tormenta no menos preocupantes como la subida de los tipos de interés en EEUU que está generando graves problemas de financiación en los países emergentes, las expectativas de cambio en la política monetaria del Banco Central Europeo, el alza de los precios del crudo, el desenlace del Brexit en la Unión Europea, el resurgir de Rusia en la carrera por el poder con su creciente protagonismo en Oriente Medio, la rivalidad entre Arabia Saudí e Irán por la supremacía en esta última región, y el auge de los partidos populistas y extremistas en Europa cuyo último episodio acaba de tener lugar en Suecia.

Y no se trata de ser pesimista, sino de reaccionar y pensar en soluciones que allanen el camino a las empresas exportadoras desde el convencimiento de que la salida al exterior es la vía fundamental para crecer, innovar, mejorar la productividad y crear empleo, sobre todo cuando algunos estudios públicos y privados empiezan a alertar ya de un deterioro a corto y medio plazo en la siniestralidad comercial con su traducción en más morosidad e impagos. Quien avisa…

 

 

 

 

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