De insolidarios y cainitas

04/10/2018

José María Triper.

“El problema más grave que tenemos los periodistas son los profesionales del periodismo”. Con esta rotunda y lapidaria frase diagnosticaba el director de ABC, Bietio Rubido, el que, en su opinión, era el mal que hoy especialmente, pero con raíces profundas desde antaño, aqueja a quienes creemos, sentimos y nos dedicamos a esta profesión de recoger y transmitir la información para el conocimiento general.

“No conozco un gremio más insolidario y más cainita”, apostillaba Rubidio. Y lo hacía ante un grupo de periodistas, miembros de The Experience Club, en un debate sobre el presente y el futuro de esta actividad que cubre un servicio social básico para el mantenimiento y desarrollo de las libertades democráticas y el estado de derecho.

Palabras estas de Bietio, con las que coincido y certifico en el fondo y en la forma, pero que a mi entender sólo apuntan a una parte del problema. Porque ese cainismo insolidario es, al mismo tiempo, el origen y la consecuencia de intereses y apetencias que han llevado al periodismo y a los periodistas a este diagnóstico dramático, que se ha agravado con la crisis económica, y para el que todavía no hemos encontrado solución.

Intereses de las propias empresas periodística, muchas de la cuáles han perdido el apellido para quedarse solamente en eso, en empresas, y que agobiadas por las pérdidas económicas y la caída de la difusión han descapitalizado humanamente las redacciones, prescindiendo de los profesionales más cualificados, depreciando brutalmente los salarios y sometiéndose a los intereses de grupos de presión en perjuicio de la independencia de los medios y la credibilidad de los profesionales.

Un fenómeno este último al que contribuyen también, y decisivamente, las redes sociales que se han convertido en un muladar de falsedades y calumnias en forma de eso que ahora la cursilería demagógica llama posverdad para disfrazar lo que no es más que la intoxicación y la mentira.

Se fomentan más las emociones que la razón. Y como advertía también Rubidio, “las emociones no sirven para organizar un estado moderno”. Y, a la vista está lo que está ocurriendo en Cataluña., donde en 1990 Jordi Pujol y su camarilla diseñaron el Programa 2000. Una lista de principios y acciones cuyo objetivo era extender el nacionalismo a todos los ámbitos sociales y que tenía entre sus instrumentos esenciales el manejo de unos medios de comunicación, a los que se destinaban más de 400 millones de euros anuales en subvenciones, publicidad o suscripciones para conseguir lo que denominaban un “espacio catalán de comunicación”.

En épocas de vacas flacas los medios de comunicación no generan ingresos suficientes y, cómo me repetía hace ya tiempo un veterano dirigente empresarial, la subvención crea siempre prepotencia en quién la da y servilismo en el que la recibe. A lo mejor por ahí podemos empezar a entender lo que nos pasa.

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