Exportaciones con freno y marcha atrás

30/10/2018

José María Triper.

Dice el refranero español que muchas veces los árboles no dejan ver el bosque. Frase proverbial esta que alerta de cuando la atención a los detalles nos impide ver el conjunto de un acontecimiento o situación. Y esto es lo que últimamente está pasando con nuestro comercio exterior, en el que los datos todavía positivos en la evolución de las exportaciones limitan la percepción de la continua pérdida de dinamismo que nuestras ventas exteriores vienen padeciendo desde hace meses, ininterrumpidamente.

Si observamos los últimos datos oficiales, correspondientes al periodo enero-agosto de este año vemos como las exportaciones españolas de bienes han crecido un 4,2 por ciento respecto al mismo periodo de 2017, hasta alcanzar los 189.986,1 millones de euros, tasa de mejora que se ve reducida a sólo el 1,2 por ciento si nos atenemos a la exportación en términos reales, descontando el efecto de la subida de los precios.

Frente estos datos, las importaciones subieron un 6,1 por ciento hasta los 210.876,3 millones de euros, el 2,3 por ciento en términos reales, lo que origina un déficit de más de 20.892 millones en la balanza comercial, un 27,3 por ciento superior al de un año antes, mientras que la tasa de cobertura de la exportación sobre la importación se reduce a sólo el 90,1 por ciento, la más baja de la serie histórica desde el año 2012.

Cierto es que el escenario económico mundial se encuentra agitado por factores distorsionantes del comercio y la inversión como el auge del proteccionismo, el estancamiento de los tratados de liberación comercial, el Brexit, la subida de los tipos de interés o la escalada de los precios del petróleo, hasta el punto de que para algunos analistas la nueva normalidad en el comercio internacional es la ausencia de reglas.

Un marco de actuación con decorados difícilmente previsibles pero que no sólo afecta a la economía y a las empresas españolas, sino al conjunto de las economías de los países desarrollados. Y en este contexto vemos como el 4,2 por ciento de crecimiento de las exportaciones españolas es inferior a las medias de la UE (5,1 por ciento) y por la Unión Europea (5,2), y también está por debajo de los de nuestros principales competidores como Francia (4,5 por ciento), Italia (4,3) y Reino Unido (6,6), cuando hasta finales del año pasado estábamos sensiblemente por encima.

La comparación de estos guarismos indica una evidente pérdida de competitividad de nuestra oferta exportadora y no sólo por los factores externos mencionados. Elementos claramente internos como altos costes de la electricidad, la diferencia en las cotizaciones sociales que pagan las empresas o la presión fiscal, además de una productividad menor.

Los datos de Eurostat, la oficina de estadísticas de la UE, reflejan que son los empresarios españoles los que más pagan por cotizaciones sociales en el conjunto de la Unión, mientras que los informes del Banco Mundial y de PwC calculan que el tipo efectivo medio que destinan las empresas españolas a pagar impuestos –nacionales, autonómicos y locales- es del 49 por ciento, frente al 40,3 por ciento demedia en la Unión Europa, el 27,6 por ciento de Irlanda o el 20,8 por ciento en Luxemburgo.

Es, por tanto, el momento de pensar en aspectos concretos que allanen el camino a las empresas exportadoras desde el convencimiento de que la salida al exterior es la vía fundamental para crecer, innovar, mejorar la productividad y crear empleo. Al tiempo que los años de la recesión han demostrado que el crecimiento del comercio internacional ha sido decisivo para el crecimiento económico y la salida de la crisis.

Ha sido este empuje exportador el que nos ha permitido situarnos entre las cinco grandes economías de la UE y en el segundo exportador de la Unión (medido por peso el PIB de las exportaciones), sólo por detrás de Alemania, al tiempo que, en paralelo España ha pasado de registrar el déficit exterior más elevado de la OCDE (un 10 por ciento  del PIB en 2007) a alcanzar el año pasado un superávit exterior que se aproxima al 2 por ciento del PIB, el mayor de nuestra historia contemporánea. Situación que ahora empieza a revertir. Los datos del Banco de España señalan ya un déficit de 2.800 millones en la balanza por cuenta corriente hasta abril, frente a los más de 600 millones de superávit un año antes.

Y aquí conviene subrayar la enorme importancia que tiene ese cambio de modelo. Registrar superávit por cuenta corriente significa que la economía española puede crecer sin depender del crédito externo, algo que contribuye a no acrecentar nuestra posición deudora; que genera capacidad de ahorro interna; que impulsa, en definitiva, al resto de la actividad económica sin crear desequilibrios. Que se entienda.

 

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