“Contra el vicio de pedir está la virtud de no dar” dice el refrán. Esta máxima se cumple casi a la perfección en el uso que hace la oposición -sea cual sea- de las peticiones de dimisión.
Es conocido que la palabra dimitir no está en la cultura de los políticos españoles. Los pocos casos que se han dado se han producido como salida airosa del afectado para evitar un cese fulminante. En otros países cuando a un político se le detecta un pecado le falta tiempo para dejar el cargo. Son formas de hacer.
Sin embargo la clase política -con una doble moral evidente- cuando está en la oposición le falta tiempo para reclamar dimisiones (en todo caso lo lógico sería que exigieran al responsable del afectado su cese). Es evidente que hay casos que la situación exige dimisiones, pero ha llegado un momento que se está haciendo un uso desorbitado de esta figura y la oposición les falta tiempo para reclamar que dejen el cargo personas por determinadas actuanciones que no placen a quien aspira a relevar al gobierno de turno (sea municipal, autonómico o del Gobierno central).
Evidentemente estas peticiones sólo son un brindis al sol -como máximo un titular de prensa- al que el equipo del afectado no sólo hace oídos sordos si no que además contribuye a ratificar en el cargo al afectado.
El abuso de esta figura hace que cuando realmente hay motivos para reclamar un cese de alguien queden desvirtuados por el abuso que prácticamente todos han hecho de esta grave petición. Tanto amenazar que viene el lobo que cuando realmente viene ya nadie le hace caso.
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