Pocas veces habrá vivido el ministro Josep Borrell una semana tan llena de infortunios como esta de entre miércoles en los finales de noviembre. Siete días en los que el titular de Exteriores ha pasado de ser vejado en el Congreso a engrosar la lista de ministros con cartel de dimisión por la venta de sus acciones de Abengoa. Y todo ello aderezado con la polémica de Gibraltar en el acuerdo sobre el Brexit.
En el asunto del Congreso, Borrell tuvo que soportar los del diputado Rufián -nunca definió mejor a un hombre su apellido- para ser posteriormente escupido por otro de los colegas de la misma banda. Pero lo más grave del asunto, sin menoscabar la gravedad de los hechos acaecidos en la Cámara, fue la reacción posterior del Presidente del Gobierno, tratando de disculpar a ese “indigente intelectual” como calificaba recientemente Alfonso Guerra al Rufián, y dejando sin amparo a su ministro en una actitud vergonzante para no perder los apoyos que le sustentan en el sillón de La Moncloa.
Y qué decir del espectáculo del Brexit, con el Jefe del Gobierno haciendo turismo en Cuba con su esposa mientras se discutía uno de los acuerdos más trascendentales en la historia de la UE, y con el ministro encargado de los Asuntos Exteriores, obligado a acompañar a Presidente por los “encantos” de la isla caribeña donde no tuvo el coraje de entrevistarse con los opositores a la dictadura del castrismo.
Una dejación de responsabilidades que luego han querido tapar con la firma de unos documentos sobre la cuestión de Gibraltar, cuya validez niega el Reino Unido y está seriamente cuestionada por muchos expertos en derecho internacional que los consideran una mera declaración política, sin garantías jurídicas, que no modifica el controvertido artículo 184 del Tratado y cuyo cumplimiento dependerá del peso político que tenga España dentro de la Unión en el momento de las controversias, y que el momento actual ya hemos visto se encuentra cuesta abajo en la rodada.
Pero si todo esto no fuera ya castigo suficiente, el bueno de Borrell ha tenido que lidiar como remate con la multa de 30.000 euros impuesta por la CNMV, consecuencia de la venta de sus acciones de Abengoa en la que el organismo regulador considera que utilizó información privilegiada. Multa que le ha puesto en la picota de la oposición y, sobre todo, del aliado más firme del Gobierno, el pode mita Pablo Iglesias que ha sido el primero en pedir la dimisión del ministro, que es la cabeza más amueblada del Gobierno y el principal obstáculo para sus planes de fagocitación política y legislativa de un socialismo a la deriva.
Dice el refranero popular que quién con niños se acuesta mojado se levanta. Y eso es lo que le está ocurriendo a Borrell. Un hombre culto, de prestigio intelectual y personal, con una trayectoria política intachable y con sentido del Estado, que destaca y mucho por encima de un Gabinete manifiestamente gris y al que su figura venía dotando de una cierta imagen de fiabilidad.
Josep Borrell es más que un ministro de Exteriores, un ministro en el exterior de un gobierno en el que no se ubica ni por capacidad ni por edad. Un ministro que, efectivamente debería dimitir. No por la multa de la CNMV, sino por la indefensión en que le dejó su Presidente y, sobre todo, para no acabar desprestigiado. Y ejemplos tiene, y no lejanos, como el de su correligionario Pedro Solbes, que era el hombre elegido para dar credibilidad al Gobierno Zapatero, y que por someterse a los caprichos y veleidades de su jefe, acabó perdiendo su propia credibilidad y apartado dentro del Grupo Parlamentario y del partido tras una dimisión demasiado tardía y demasiado costosa para todos los ciudadanos españoles, como demostró después la crisis que le obligaron a negar.
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