Cuando aún no se han apagado los ecos de las sintonías made in USA que amenizaron la convención nacional del Partido Popular, la primera valoración de los fastos y los resultados se podría resumir en que la letra del programa suena bien pero la música estaba demasiado alta y distorsiona. Al solista Casado le sobra entusiasmo y le faltan tablas y poder de convicción más allá de su auditorio, y los viejos rockeros que actuaron como teloneros siguen tocando ritmos diferentes y se recrean en la disonancia.
Con un programa que en materia económica y fiscal, educativa, territorial, judicial y de seguridad se enmarca dentro de los cánones del liberalismo ideológico y el individualismo sociológico, en clara competencia con el ideario que inspira a Ciudadanos, los contenidos de las intervenciones del fortalecido presidente sin tutela ni tu tía tenían un acentuado sabor a vintage, en línea con el eslogan del evento. Ese El PP ha vuelto que a la hora de la verdad parecía traducirse en un Aznar ha vuelto.
Unas homilías las de Pablo Casado y sus mentores García Egea, Esperanza Aguirre y el propio Aznar que parecían más que un alegato de renovación, un remake de esos Cuatro Corazones con Freno y Marcha Atrás que llevó a la escena el maestro Jardiel.
Porque tanto la escenografía como el desarrollo y el resultado final han confluido en lo que todos, desde dentro y desde fuera, interpretan como una vuelta al aznarismo, abominando de Rajoy, sus circunstancias y su gobierno, como demostraban las caras y las declaraciones en privado de alguno de los que todavía son leales a la figura y al legado del anterior presidente del partido y del Gobierno.
Un Rajoy que salvó a España del rescate y sacó al país de la mayor crisis económica de la era moderna pero que tuvo que dejar La Moncloa por la puerta falsa, acosado por los múltiples casos de corrupción de su partido que, paradójicamente, corresponden en su mayoría a la etapa del Gobierno Aznar y afectan a algunos de sus más directos colaboradores.
El mismo Aznar que ahora se proclama el azote del nacionalismo cuando fue él quien cedió a Jordi Pujol los impuestos, la educación, la sanidad e, incluso, la cabeza del entoces líder popular en Cataluña, Alejo Vidal Quadras, origen y fundador de ese Vox al que ahora Casado quiere combatir y con el que compite.
A pesar del ambiente de euforia por la conquista de Andalucía, las conversaciones de pasillos, algunos gestos y ciertas ausencias significativas muestran que las heridas en el PP no están cerradas y que la primera labor que debe hacer Casado es coser el partido sin sectarismos ni condenas de ostracismo a personas que han servido al partido y al gobierno con lealtad, con esfuerzo y sobre todo con una valía y capacidad de servicio algo que todavía está por demostrar en quienes se erigen ahora como refundadores de la causa. Para eso hace falta generosidad, altura de miras y sentido del deber. Y, sobre todo, no confundirse de enemigo. Algo que todavía no parecen tener muy claro los Casado’s boys.
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